jueves, 31 de mayo de 2007
HOMILIA Y ORACION
FIESTA DE LA VISITACION DE MARIA
Mayo 31, 2007
Lecturas Sofonías 3,14-18; Salmo de Isaías 12,2-6; Lucas 1,39-56
HOMILIA Y ORACION
Llevando a Cristo al mundo
Los secretos culpables son para guardarlos en lugares privados y oscuros. Las buenas noticias son para compartirlas con otros y para anunciarlas desde los tejados. La fiesta de hoy celebra buenas noticias, que como María las podemos gritar de alegría exultando con todos los corazones, como lo describe el profeta Sofonías. María corre presurosa a compartir con Isabel su prima su buena noticia. Isabel expresa a su vez su gran alegría y aún su niño en su seno salta de gozo. ¿Cuáles son esas buenas noticias? ¿Por qué la conmoción?
La respuesta nos deja sorprendido. Es nada menos que en este niño que lleva María en su seno Dios ha cumplido todas sus promesas. Las dos mujeres son las primeras en recibir la noticia de la salvación de Dios y ambas mujeres realizan la parte que Dios les pide, y lo hacen de una manera activa. Ellas no son personas poderosas o ricas. Y sin embargo a ellas se les encarga el mayor acontecimiento de la historia. Este es el mensaje del Canto de María, una anti-cipación del mensaje de Jesús sobre el reino: de que a los insignificantes de este mundo Dios les ha ofrecido el regalo de la salvación.
Cuanto más dejamos a Cristo entrar en nuestras vidas tanto más nos sentimos empujados a compartir estas buenas noticias con otros. Nelson Mandela dijo una vez: “que nacimos para manifestar la gloria de Dios que está en nosotros. Y no solo está en algunos, sino en cada uno.” Como María, la Madre de Dios, que lleva a Dios, todos nosotros somos los que ofrecemos a Cristo al mundo.
Algunos datos históricos de la fiesta. Ya la celebran los franciscanos en el siglo XIII, el Papa Bonifacio IX (1389-1404) la introduce en el calendario universal de la Iglesia. Clemente VIII (1592-1605) compone los textos litúrgicos del oficio. En 1608, San Francisco de Sales funda la orden monástica de la Visitación. Antes se celebraba el 2 de julio, pero ha sido anticipada por el nuevo calendario para que se celebre entre la Anunciación, 25 de marzo y el Nacimiento de Juan Bautista, 24 de junio.
Sofonías es un profeta del siglo VI AC en tiempos del rey Josías. Es un tiempo marcado por las infidelidades continuas a Dios por el pueblo por las modas y los cultos a dioses extranjeros. Aunque el profeta proclama “el día terrible de Yavhé…” sobre todas las naciones, incluida Judá y sabe que el juicio de Dios pone al descubierto el pecado, sin embargo es siempre una invitación a la conversión.
La “hija de Sión debe exultar de todo corazón”, porque ¡gran misterio! el Dios que parecía alejado ha revocado la condena. Y el profeta goza ya con esto. Dios realizará cosas nuevas: “No tengas miedo Sión, que tus brazos no flaqueen (16) porque Dios “es un salvador poderoso” (17), “el Señor tu Dios en medio de ti…” es el Emanuel.”
El anuncio del nacimiento de Juan y de Jesús convergen en la narración de la Visita de María a Isabel. Las dos acogen la acción de Dios. María de manera activa con su consentimiento; Isabel de modo pasivo. Ambas experi-mentan la acción del Espíritu Santo. Isabel lleva en su seno al Precursor y por esta presencia en ella da voz al hijo que lleva en sus entrañas indicando ya en la María al Hijo. Proclama lo que la hecho grande: “¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá…” (45) Al cántico de Isabel (42-45) sigue el cántico de María, que revela la acción poderosa de Dios en ella, la misma da cumplimiento a las antiguas promesas hechas a Abrahán. Dios hace maravillas y despliega su poder a partir de la humildad, que es reconocimiento de la pobreza radical, de su criatura y de su pueblo (48)
El Magnificat (el Canto de María) es la primera manifestación pública de Jesús, de esta realidad aún escondida pero que se manifiesta ya y obra en los que la acogen, como María: la realidad viva del Verbo encarnado en ella la impulsa a no detenerse en sí misma y la abre a la dimensión de servicio: “María estuvo con Isabel unos tres meses…” (56)
Como María, verdadero modelo de discipulado, abramos la mente, el corazón y la vida, a la acogida de la Palabra en nosotros. Así, podremos cantar con admiración la acción de Dios. Y, podremos decir, en ese amor mutuo que es servicio, que el Reino de Dios, en Cristo, está ya en medio de nosotros.
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.” Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido concedidos, pero alude también a los beneficios comunes con que Dios no deja nunca de favorecer al género humano.
Proclama la grandeza del Señor el alma de aquel que consagra todos sus afectos interiores a la alabanza y al servicio de Dios y, con la observancia de los preceptos divinos, demuestra que nunca echa en olvido las proezas de la majestad de Dios.
Se alegra en Dios su salvador el espíritu de aquel cuyo deleite consiste únicamente en el recuerdo de su creador, de quien espera la salvación eterna.
Estas palabras, aunque son aplicables a todos los santos, hallan su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, por un privilegio único, ardía en amor espiritual hacia aquel que llevaba corporalmente en su seno.
Ella con razón pudo alegrarse, más que cualquier otro santo, en Jesús, su salvador, ya que sabía que aquel mismo al que reconocía como eterno autor de la salvación había de nacer de su carne, engendrado en el tiempo, y había de ser, en una misma y única persona, su verdadero hijo y Señor.
ORA Y REFLEXIONA repite con frecuencia y vive hoy las palabras de Isabel: “¡Dichosa tú, que has creído!” (Lucas 1,45)
Oración
Padre de Bondad y fuente de todas las gracias, como María e Isabel nos alegramos en la buena noticia de la salvación que nos concediste por el naci-miento de tu Hijo, Jesucristo. Haz que también nosotros llevemos al mundo esa salvación, en la manera que tratamos a todos aquellos que encontraremos hoy en nuestro camino y seamos testigos de ella con nuestras vidas. Amén.
Mayo 31, 2007
Lecturas Sofonías 3,14-18; Salmo de Isaías 12,2-6; Lucas 1,39-56
HOMILIA Y ORACION
Llevando a Cristo al mundo
Los secretos culpables son para guardarlos en lugares privados y oscuros. Las buenas noticias son para compartirlas con otros y para anunciarlas desde los tejados. La fiesta de hoy celebra buenas noticias, que como María las podemos gritar de alegría exultando con todos los corazones, como lo describe el profeta Sofonías. María corre presurosa a compartir con Isabel su prima su buena noticia. Isabel expresa a su vez su gran alegría y aún su niño en su seno salta de gozo. ¿Cuáles son esas buenas noticias? ¿Por qué la conmoción?
La respuesta nos deja sorprendido. Es nada menos que en este niño que lleva María en su seno Dios ha cumplido todas sus promesas. Las dos mujeres son las primeras en recibir la noticia de la salvación de Dios y ambas mujeres realizan la parte que Dios les pide, y lo hacen de una manera activa. Ellas no son personas poderosas o ricas. Y sin embargo a ellas se les encarga el mayor acontecimiento de la historia. Este es el mensaje del Canto de María, una anti-cipación del mensaje de Jesús sobre el reino: de que a los insignificantes de este mundo Dios les ha ofrecido el regalo de la salvación.
Cuanto más dejamos a Cristo entrar en nuestras vidas tanto más nos sentimos empujados a compartir estas buenas noticias con otros. Nelson Mandela dijo una vez: “que nacimos para manifestar la gloria de Dios que está en nosotros. Y no solo está en algunos, sino en cada uno.” Como María, la Madre de Dios, que lleva a Dios, todos nosotros somos los que ofrecemos a Cristo al mundo.
Algunos datos históricos de la fiesta. Ya la celebran los franciscanos en el siglo XIII, el Papa Bonifacio IX (1389-1404) la introduce en el calendario universal de la Iglesia. Clemente VIII (1592-1605) compone los textos litúrgicos del oficio. En 1608, San Francisco de Sales funda la orden monástica de la Visitación. Antes se celebraba el 2 de julio, pero ha sido anticipada por el nuevo calendario para que se celebre entre la Anunciación, 25 de marzo y el Nacimiento de Juan Bautista, 24 de junio.
Sofonías es un profeta del siglo VI AC en tiempos del rey Josías. Es un tiempo marcado por las infidelidades continuas a Dios por el pueblo por las modas y los cultos a dioses extranjeros. Aunque el profeta proclama “el día terrible de Yavhé…” sobre todas las naciones, incluida Judá y sabe que el juicio de Dios pone al descubierto el pecado, sin embargo es siempre una invitación a la conversión.
La “hija de Sión debe exultar de todo corazón”, porque ¡gran misterio! el Dios que parecía alejado ha revocado la condena. Y el profeta goza ya con esto. Dios realizará cosas nuevas: “No tengas miedo Sión, que tus brazos no flaqueen (16) porque Dios “es un salvador poderoso” (17), “el Señor tu Dios en medio de ti…” es el Emanuel.”
El anuncio del nacimiento de Juan y de Jesús convergen en la narración de la Visita de María a Isabel. Las dos acogen la acción de Dios. María de manera activa con su consentimiento; Isabel de modo pasivo. Ambas experi-mentan la acción del Espíritu Santo. Isabel lleva en su seno al Precursor y por esta presencia en ella da voz al hijo que lleva en sus entrañas indicando ya en la María al Hijo. Proclama lo que la hecho grande: “¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá…” (45) Al cántico de Isabel (42-45) sigue el cántico de María, que revela la acción poderosa de Dios en ella, la misma da cumplimiento a las antiguas promesas hechas a Abrahán. Dios hace maravillas y despliega su poder a partir de la humildad, que es reconocimiento de la pobreza radical, de su criatura y de su pueblo (48)
El Magnificat (el Canto de María) es la primera manifestación pública de Jesús, de esta realidad aún escondida pero que se manifiesta ya y obra en los que la acogen, como María: la realidad viva del Verbo encarnado en ella la impulsa a no detenerse en sí misma y la abre a la dimensión de servicio: “María estuvo con Isabel unos tres meses…” (56)
Como María, verdadero modelo de discipulado, abramos la mente, el corazón y la vida, a la acogida de la Palabra en nosotros. Así, podremos cantar con admiración la acción de Dios. Y, podremos decir, en ese amor mutuo que es servicio, que el Reino de Dios, en Cristo, está ya en medio de nosotros.
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.” Con estas palabras, María reconoce en primer lugar los dones singulares que le han sido concedidos, pero alude también a los beneficios comunes con que Dios no deja nunca de favorecer al género humano.
Proclama la grandeza del Señor el alma de aquel que consagra todos sus afectos interiores a la alabanza y al servicio de Dios y, con la observancia de los preceptos divinos, demuestra que nunca echa en olvido las proezas de la majestad de Dios.
Se alegra en Dios su salvador el espíritu de aquel cuyo deleite consiste únicamente en el recuerdo de su creador, de quien espera la salvación eterna.
Estas palabras, aunque son aplicables a todos los santos, hallan su lugar más adecuado en los labios de la Madre de Dios, ya que ella, por un privilegio único, ardía en amor espiritual hacia aquel que llevaba corporalmente en su seno.
Ella con razón pudo alegrarse, más que cualquier otro santo, en Jesús, su salvador, ya que sabía que aquel mismo al que reconocía como eterno autor de la salvación había de nacer de su carne, engendrado en el tiempo, y había de ser, en una misma y única persona, su verdadero hijo y Señor.
ORA Y REFLEXIONA repite con frecuencia y vive hoy las palabras de Isabel: “¡Dichosa tú, que has creído!” (Lucas 1,45)
Oración
Padre de Bondad y fuente de todas las gracias, como María e Isabel nos alegramos en la buena noticia de la salvación que nos concediste por el naci-miento de tu Hijo, Jesucristo. Haz que también nosotros llevemos al mundo esa salvación, en la manera que tratamos a todos aquellos que encontraremos hoy en nuestro camino y seamos testigos de ella con nuestras vidas. Amén.
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