Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



lunes, 21 de marzo de 2011

TIEMPO DE CUARESMA, MARZO 21, 2011

PALABRA DE VIDA

Lectura de la profecía de Daniel (9,4b-10):

Señor, Dios grande y terrible, que guardas la alianza y eres leal con los que te aman y cumplen tus mandamientos. Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, padres y terratenientes. Tú, Señor, tienes razón, a nosotros nos abruma hoy la vergüenza: a los habitantes de Jerusalén, a judíos e israelitas, cercanos y lejanos, en todos los países por donde los dispersaste por los delitos que cometieron contra ti. Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti. Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona. No obedecimos al Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por sus siervos, los profetas.

Salmo 78,8.9.11.13

Señor, no nos trates
como merecen nuestros pecados


No recuerdes contra nosotros
las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados.


Socórrenos, Dios, salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre.


Llegue a tu presencia
el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso,
salva a los condenados a muerte.


Mientras, nosotros, pueblo tuyo,
ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
contaremos tus alabanzas
de generación en generación.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,36-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.
La medida que uséis, la usarán con vosotros.»

HOMILIA

Estamos en el tiempo de Cuaresma y tenemos que ir aprendiendo las normas y actividades de este tiempo en nuestra vida. Y hoy, el profeta Daniel nos instruye en el modelo de oración. Nos ofrece una de sus hermosas oraciones, que por supuesto, no tiene nada que ver con él.

La oración está compuesta con frases sacadas de los profetas, de los maestros, de los salmos, y refleja un patrón común de oración comunitaria, que bien puede datar de los lejanos tiempos del exilio. Su estilo es cultural, unitario completo en sí mismo. No es un mosaico de recortes, sino una auténtica oración litúrgica con reflejos de siglos.

Contrasta en ella el reconocimiento de la culpa ty la aceptación de sus dolorosas circunstancias como merecido castigo por el pecado. Para el autor, la situación que pasa no es fruto de sus pecados, sino dse la malicia y perversidad de sus opresores.

La oración consta de tres partes diferenciadas con toda precisión: reconocimiento y confesión de la propia culpabilidad, súplica motivada en la misericordia de Dios y añoranza por la reconstrucción de Jerusalén, donde se ha de manifestar el Nombre y la Gloria de Yavhé.

La presente lectura refleja tan sólo la primera parte de la oración, la confesión de los pecados. Más que comentario es reflexión y compenetra-ción con todos los sentimientos de piedad tradicional judía en ella reflejados lo que necesita el lector de todos los tiempos. Es sentirse solidario con la culpabilidad histórica de todas las generaciones, con la firme esperanza que “es de Yavhé, nuestro Dios, el tener misericordia y el perdonar.”

El evangelio de Jesús y ahora en Lucas, nos ha ofrecido un ideal de nitidez y de fuerza escalofriante: “Amad a los enemigos”. En el mundo griego9 el amor consistía en aspirar hacia la propia plenitud humana. La realidad que el evangelio nos presenta como “ágape” es muy distinta; el amor no consiste en la búsqueda la plenitud personal, sino en el sacrificio de entregar la propia vida por los otros. En el mundo griego, Dios no ama, se limita a ser la meta a la aspiran los impulsos de los hombres. Por el contrario, el Padre de Jesús ama a los hombres de tal forma que les entrega su propia intimidad (su Hijo) en el intento de salvarlos.

Situados en esta perspectiva advertimos que el amor al enemigo no es un dato marginal, sino el sentido y centro del amor de los cristianos. Todas las demás actitudes pueden esconder un egoísmo (una búsqueda de mi propio yo a través de los demás). Sólo cuando se da sin esperar recom-, cuando se ama sin que el otro lo merezca, cuando se pierde para que el otro gane, sólo (y nos enseña) el Cristo. Vivir esta realidad significaría la única verdadera revolución de nuestra historia.

ORACION

Oh Dios, santo y justo; Padre nuestro amoroso:
Tú nos ofreciste tu mano en amistad
y nos enviaste a tu Hijo Jesús
a caminar con nosotros
por el camino de la obediencia y la fidelidad.
Pero, oh Dios, con frecuencia rompemos esa amistad,
y actuamos como si no fuéramos tus hijos e hijas.
Mira el rictus de vergüenza en nuestros rostros;
perdónanos, pues contamos confiadamente contigo.
Acepta nuestra acción de gracias
ya que continúas aceptándonos como somos
y nos amas a pesar de nuestras debilidades y pecados.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

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