Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



viernes 15 de abril de 2011

TIEMPO DE CUARESMA, ABRIL 15, 2011

Lectura del libro de Jeremías (20,10-13):

Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.» Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.» Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.

Salmo 17,2-3a.3bc-4.5-6.7

En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.


Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.


Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.
En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios.
Desde su templo él escuchó mi voz,
y mi grito llegó a sus oídos.

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,31-42):

En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús.
Él les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?»
Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios.»
Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: "Yo os digo: Sois dioses"? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.»
Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad.»
Y muchos creyeron en él allí.

HOMILIA

Jesús está al fin de su vida, y en la primera lectura de jeremías, éste se siente oprimido y perseguido por su pueblo. Jeremías describe las penas interiores que afligen su alma y la exteriores que lo rodean de deseos de odio y de muerte.

El contraste es sorprendente. En sus crisis interiores se revela contra el mismo Dios: le habla de ríos de protesta y de profecías que ninguno de nosotros osaría repetir. Algo desconcertante parea nuestras mentalidades cristianas. Cuando la crisis es exterior, aunque venga de sus íntimos, la postura de Jeremías toma un ritmo y orientación totalmente distintos. Se siente seguro en su interior, lo realmente importante para él, porque Yahvhe estará con él “como fuerte soldado”.

Jeremías se sabe objeto de un nuevo complot. La gente que cuchuchea por doquier buscando la ocasión para matarlo. Lo mismo ocasionaría siglo más tarde con Jesús. Los amigos, más prudentes y ladinos, esperan con sorna el momento de verlo caído para terminar de aplastarlo. Es la situación casi continua de su vida. No se queja a Dios. Le basta recordar la promesa del día que lo llamó Yavhevh. Dios es omnipotente y justo, conoce la más profundad intimidad personal, por eso espera confiado y seguro la derrota de todos sus enemigos. Es la creencia, por eso espera confiado y segura la derrota de todos sus enemigos. Es la creencia básica de la retribución terrena. Para ellos no existía más.

Terminará con una invitación litúrgica a todos cuantos quieran escucharlo a que alaben a Yahvéh, a que reconozcan su acción salvadora, que ya ve proféticamente realizada en él. Jeremías, testigo del dolor por el nombre y la palabra de Yavhé, se ofrece, a sí mismo como testimonio anticipado de la salvación y glorificación que Yavhéh le ha de otorgar en esta vida, ya que su causa, su defensa, la justicia de su vida entera la ha puesta en manos de Yavhéh. Su confianza es total. Jamás Dios abandonará quien en él confía.

Las experiencias de Jeremías son las mismas experiencias de Jesús. El tenía una relación intima con el Padre. Por supúesto la discusión de Jesús con sus enemigos. Los intentos de los judíos por apoderarse de Jesús era matar al enviado de Dios y justificar el crismen desde las exigencias de dios que les imponía la Ley de moisés. La actitud del rechazo de “los suyos”, que había sido ya anticipada en el prólogo del evangelio de Juan (1,1-18) se realiza en la hostilidad justificada en la actitud de velar por la ortodoxia de la doctrina. Jesús afirma que es el Hijo de dios; sus obras así lo demuestran. Pedro para los judíos esta afirmación era blasfema.

El mundo de la relación con Dios está llena de paradojas. Lo que para unos es la luz, se convierte para otros en oscuridad. Depende, en gran parte, al menos, del cristal con que se mira. Los creyentes ven en Jesús al enviado del Padre, al Revelador que ha venido para traer la luz y la vida a los hombres; su muerte fue un grave error humano, justificado desde el designio de Dios que había entregado a su Hijo a la muerte para que de ella surgiera la vida para los hombres. Los incrédulos le consideran como blasfemo por sus pretensiones de situarse como blasfemo por sus pretensiones de situarse al nivel en que Dios solamente se encuentra.

La réplica de Jesús en esta ocasión apoya en la afirmación que hace Jesús, como algo evidente. Parte de la cita del libro del salmo 82, 6. En el salmo citado a los dirigentes y jueces de Israel son llamados dioses: “Yo dije: sois dioses, todos vosotros sois hijos del Altísimo”. Apoyándose en esta cita, el argumento de Jesús es una afirmación evidente: Si aquélos que recibieron la Ley la Palabra de Dios, y fueron encargados por Dios, de interpretarla y aplicarla son llamados dioses, ¡con cuánta mayor razón pueden ser llamados Hijos de Dios aquél que es el único agente de Dios, su único Enviado, el que es la Palabra de Dios!

Dicho de otro modo: sí, según la Escritura santa, la divinidad, la divinidad ¡cuánto más puede decirse a quien es la Palabra de Dios! Teniendo en cuenta, además, que que aquellos hombres eran indignos de recibir tanto honor y la confianza que en ellos fue depositada, como lo demostró su actuación en la historia de su pueblo. Como contrapunto deben destacarse la actitud y obra de Jesús. Sus obras demuestran que es el Hijo de Dios, el agente de dios en el mundo, el camino que lleva a la fe y al verdadero conocimiento de Dios.

ORACION

Señor, Dios nuestro:
Tú eres un Dios leal,
siempre fiel a tus promesas.
Robustece nuestra fe,
para que, con Jesús,
sigamos siempre confiando en ti
a pesar de los prejuicios,
del ridículo y de la contradicción.
Otórganos la firme convicción
de que tú estás
irrevocablemente comprometido con nosotros
en Jesucristo, nuestro Señor.