Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



lunes, 27 de diciembre de 2010

TIEMPO DE NAVIDAD FIESTA DE SAN JUAN EVANGELISTA, DICIEMBRE 26 de 2010


PALABRA DE VIDA

Comienzo de la primera carta del apóstol san Juan (1,1-4):

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa.

Salmo 96,1-2.5-6.11-12

Alegraos, justos, con el Señor

El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.


Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.


Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Alegraos, justos, con el Señor, celebrad su santo nombre.

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,2-8):

El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

En la fiesta de San Juan, apóstol y evangelista, se nos recuerda que la fe es don y tarea. Experiencia y transmisión. Corazón y boca.

La fe, como las cosas más importantes de la vida, se nos ha regalado. No la ha inventado nuestra generación, ni hemos pagado por ella, ni se puede vender… es un regalo que nos viene de los que nos precedieron... y que se entrega a cada generación, para que la recree en su circunstancia. Y a cada corazón, para que fermente la vida y la haga nueva, redireccionándola hacia el sueño de Dios.

“Lo que hemos oído”, “lo que hemos visto con nuestros propios ojos”… “pues la vida se hizo visible”… “esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo”... Todo es un regalo. Por pura gracia.

Ese regalo tiene su origen en la persona de Jesús. Aquél que, hace 2000 años, pasó haciendo el bien y hablando de parte de Dios. Aquél que unos acusaron de ser un embaucador… y que otros reconocieron viniendo de parte del Padre, como Hijo en quien reconocernos y desde el que vivir. Todos “vieron” a Jesús. Aunque no todos lo creyeron. La fe siempre es un salto. Y Juan lo dio: “Vio y creyó”. Ahí está la gracia.

Cada creyente y cada generación está llamada a hacer ese salto: “ver” a Jesús, conocer su persona, saber qué dijo, qué hizo… y “creer” que en su humanidad se nos está dando el mismo Dios, acogiéndonos desde siempre y para siempre, abriendo caminos nuevos para la vida y para el mundo, en la esperanza de que, si vivimos desde ahora con Él, viviremos para siempre con Él. Ahí está lo definitivo. “Ver y creer”.

El prólogo de la carta de Juan nos presenta un camino de fe. El evangelista fundamenta la fe cristiana sobre el argumento de su testimonio ocular que es la “palabra de la vida”, es decir pone el acento no tanto en la “Palabra”, como en el prólogo del Evangelio (ver Juan 1,1-18), sino sobre la “ vida” que Jesús posee y dona. Todo tiene comienzo en la “experiencia” del apóstol vivida en contacto directo con Jesús, que Juan presenta con hechos históricos documentados: “nosotros hemos visto… tocado… contemplado de la palabra de vida” (1). Esta experiencia llega a ser más tarde en el apóstol “testimonio” y ejemplo coherente (2ª); testimonio que se hace “anuncio” valiente a los otros para que participen del mismo don (2b); además el anuncio genera la “comunión” entre los hermanos de la comunidad, comunión que en realidad, es auténtica participación en la vida trinitaria con el Padre y el Hijo Jesús (3). Por último, esta comunión hace brotar el fruto de la “alegría” que colma el corazón (4), que es “reiterado en nosotros”, que nos pone ante la tradición de la escuela de Juan: tradición que se desarrolla en el testimonio del discípulo amado, basado en “la vida divina” hecha visible en Jesús y que el testigo nos ha hecho conocer.

En estos pocos versículos que nos muestra el evangelio delo ocurrido en la mañana de Pascua que tiene como protagonista primera a maría Magdalena y después a Pedro y a Juna. La nche espiritual en que los discípulos están hundidos cederá el paso a la experiencia de la fe que toma el relevo junto a la tumba vacía, signo de la presencia del Resucitado (2). Ante la noticia de que la piedra ha sido retirada del sepulcro y de que el cuerpo de Jesús no estaba allí, Pedro y el discípulo amado corren al sepulcro (3-4). Su carrera revela su amor y veneración y hace pensar en el ansia de la Iglesia que busca signos visibles del Señor, especialmente cuando se encuentra en dificultades por su ausencia y no logra verlo. Los responsables de la Iglesia de los orígenes viven la experiencia de la búsqueda de los signos del Señor Juan llega antes que Pedro al sepulcro por su intuición de discípulo amado, pero Pedro entra primero por su función eclesial (5-7). Observados el orden y la paz que reinaban en él, el discípulo amado se abre a la visión de la fe, creyendo en los signos visibles del Señor, “vio y creyó” (8). No es aún la fe perfecta en la resurrección. Para esto será necesario que el espíritu del discípulo se abra a la inteligencia de la Escritura (ver Lucas 24,45), que vea al Señor en persona y que recibe de él el don del Espíritu Santo. Por eso Juan nos ha dicho: “La Palabra se hizo carne, y nosotros hemos visto su gloria.” (Juan 1,14)

ORACION

Señor Jesús, quien escoge amarte no queda defraudado porque nada se puede amar mejor y más profundamente que a ti, y esta esperanza nunca decae. No hay miedo de excederse en la medida, porque en amarte ti no está prescripta ninguna medida. No hay que temer a la muerte, que pone fin a las amistades del mundo, porque la vida no puede morir. En el amarte a ti no hay que temer ofensa alguna, porque no puede haberla, sino se desea otra cosa que el amor. No se insinúa sospecha alguna, porque tú juzgas sobre el testimonio de la conciencia que ama.

Señor Jesús, que revelaste los misterios secretos de la palabra Al “discípulo amado”, Juan, da testimonio hoy a tu Iglesia una nue3va inteligencia espiritual de las Escrituras. El Espíritu Santo, a través de las palabras del Concilio, nos ha nos ha recordado “que la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras como el cuerpo mismo de Cristo” y que la Palabra de Dios es “fuente pura y pernene de la vida espiritual” (Documento de la Palabra # 21).

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