El Señor ha destruido sin piedad todas las moradas de Jacob; en su furor ha destruido las fortalezas de Judá; ha echado por tierra y deshonrado al rey y a sus príncipes.
En el suelo están sentados, en silencio, los ancianos de Sión; se han echado ceniza en la cabeza y se han vestido de sayal. Humillan su cabeza hasta la tierra las doncellas de Jerusalén. Mis ojos se consumen de tanto llorar y el dolor me quema las entrañas; la bilis me amarga la boca por el desastre de mi pueblo, al ver que los niños y lactantes desfallecen en las plazas de la ciudad.
Los niños les preguntan a sus madres: “¿Dónde hay pan?” Y caen sin fuerzas, como heridos, en las plazas de la ciudad, y expiran en brazos de sus madres.
¿Con quién podré compararte, Jerusalén? ¿Con quién te podré asemejar? ¿O qué palabras te podré decir para consolarte, virgen, hija de Sión? Inmensa como el mar es tu desgracia. ¿Quién podrá curarte? Tus profetas te engañaron con sus visiones falsas e insensatas. No te hicieron ver tus pecados para evitarte así el cautiverio, y sólo te anunciaron falsedades e ilusiones.
Clama, pues, al Señor con toda el alma; gime, Jerusalén; deja correr a torrentes tus lágrimas de día y de noche; no te concedas descanso; que no dejen de llorar las niñas de tus ojos.
Levántate y clama al Señor durante toda la noche; derrama como agua tu corazón en la presencia de Dios; alza tus manos hacia él y ruega por la vida de tus pequeñuelos.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Salmo Responsorial Salmo 73
de nosotros.
¿Por qué, Dios nuestro, nos has abandonado y está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño? Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo, de la tribu que rescataste para posesión tuya, del monte Sión, donde pusiste tu morada.
No te olvides, Señor,
de nosotros.
Ven a ver estas ruinas interminables: el enemigo ha arrasado todo el santuario; rugieron los agresores en medio de tu asamblea, levantaron sus estandartes.
No te olvides, Señor,
de nosotros.
Parecía que se abrían paso a hachazos en medio de la maleza. Con martillos y mazos destrozaron todas las puertas; prendieron fuego a tu santuario, derribaron y profanaron tu morada.
No te olvides, Señor,
de nosotros.
Acuérdate de tu alianza, Señor, pues todo el país está lleno de violencia. Que el humilde no salga defraudado, y los pobres y afligidos alaben tu nombre.
No te olvides, Señor,
de nosotros.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo (8, 5-17)
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: “Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico, y sufre mucho”.
El le contestó: “Voy a curarlo”.
Pero el oficial le replicó:
“Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ‘¡Ve!’, él va; al otro: ‘¡Ven!’, y viene; a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.
Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: “Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande.
Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos. En cambio, a los herederos del Reino los echarán fuera, a las tinieblas. Ahí será el llanto y la desesperación”.
Jesús le dijo al oficial romano:
“Vuelve a tu casa y que se te cumpla lo que has creído”. Y en aquel momento se curó el criado.
Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre. Entonces la tomó de la mano y desapareció la fiebre. Ella se levantó y se
puso a servirles.
Al atardecer le trajeron muchos endemoniados. El expulsó a los demonios con su palabra y curó a todos los enfermos. Así se cumplió lo dicho por el profeta Isaías: El hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.
HOMILIA
Jesús nos muestra todo lo que ha venido a realizar y como vino a realizarlo, y poco le importa la opinión que la gente pueda tener acerca de su acción. El evangelio nos muestra la actitud de Jesús ante un soldado y a una anciana, la suegra de Pedro. El ha venido a realizar una misión que el Padre le ha entregado y no a preocuparse por lo que piensan o no los hombres. No viene a que lo alaben los judíos sino cuál es la misión que el Padre le ha dado.
Esto nos advierte lo que tenemos que pensar e la actitud de Dios y de enviado Jesús. En la primera lectura en medio de una experiencia de desolación, mujeres que lloraqn sobre la muerte de inocentes, ek abandono y la profunda herida que sufre el pueblo9, ya ninguna Palabra o promesa tiene sentido porque han dejado de creer. Por otro lado el Evangelio trae la Buena Noticia de Jesús porque sana las heridas y devuelve la fe. En el evangelio lo más importante de la historia del muchacho desahuciado de su vida no es la curación sino la fe del centurión, pues él forma parte de los excluidos de las promesas de Dios, pues es un pagano, un solado y un romano. El proclama la certeza de su fe, Jesús mismo se sorprende y concede al soldado lo que le pide, pero más aún. Lo alaba ante todos. Con al suegra de Pedro sucede algo similar, después que Jesús la toca y la levante se pone a servir, pues quien es tocdo conmovido por Jesús, no puede menos que levantarse y a volver a tener confianza, y una vez de pie sólo queda al servicio, que es la expresión máxima del amor al prójimo. No debemos perder la confianza en Dios y nunca perder la certeza por más difíciles que sean las circunstancias y nunca perder la certeza de su presencia en nuestra vida.
La Iglesia nos ofrece al terminar la lectura del Libro de los Reyes, la mejor reflexión sobre el sentido que tienen los acontecimientos narrados en esta página del libro de las Lamentaciones. Este libro es atribuido a Jeremías y es la totalidad del capítulo segundo y representa una sufrida meditación sobre el exilio, sobre la responsabilidad de los falsos profetas y de las prácticas idolátricas, sobre el inevitable hundimiento de Jerusalén y su templo. Esto conduce al arrepentimiento y a la súplica. La lejanía de la patria es la imagen palpable de la lejanía de Dios
Pues es Dios quien domina los mandamientos de la historia y revela su significado íntimo y providencial por medio de sus mensjeros. Tas haber hablado de la infausta suerte corrida por el rey, por los sacerdotes y los profetas, los ancianos y los jóvenes el canto se dirige a Sión, les recuerda los enga{os de losd que fue víctima y la invita a llorar sobre su propia suerte.
El milagro del centurión, apare también en Lucas 7,1-10 y en Juan 4,46-54. Mateo nos habla de un hijo-criado, Lucas de un criado y Juan de un hijo. Se trata de un prodigio en el confluyen el poder milagroso de Jesús, que obra de inmediato “en aquel momento”, incluso a distancia, y la fe del funcionario, elogiada por el Maestro. Esto brinda a Cristo la ocasión de condenar el rechazo de los paisanos y describir su triste desenlace. El “llanto” y “el rechinar de dientes” es una expresión idiomática que indica una gran desesperación con plena conciencia del mal realizado.
Cristo se hospeda en Cafarnaún en casa de Pedro cuya suegra tiene fiebre. Es interesante observar los diferentes rasgos, el realismo de Marcos y los matices de Lucas. Los tres concluyen que después de ser curada la mujer se puso a servir inmediatamente, es la primera “diaconisa” de la historia cristiana.
Entrar en contacto con leprosos, paganos y mujeres no era conveniente Para un rabino y, en todo caso podía de producir un estado de impureza legal. A pesar de todo Jesús no se sustrae a las peticiones de curación. Si Dios asume un cuerpo humano es para comunicarse con el cuerpo del hombre: “el cuerpo es para el Señor, y el Señor es para el cuerpo” dirá luego Pablo (1 Corintios 6,13) Jesús interviene en consideración de la fe del enfermo (el leproso) o de las comunidades (en el caso de la suegra de Pedro), pero tiene palabras de elogio sobre todo para la fe de un pagano que ha manifestado la fe en su palabra. Una fe de la que dice Jesús: “Jamás he encontrado en Israel una fe tan grande,” una fe que nadie había sido capaz de igualar hasta entonces.
Por eso nos dice Mateo 8,8: “Di una sola palabra y quedaré sano.”
ORACION
Tú, oh Señor, me has enseñado que “se redime sólo aquello que se asume”. Por eso “tomaste nuestra flaqueza y cargaste con nuestras enfermedades”, y no buscaste un “chivo expiatorio” sobre el que cargar el mal que aflige el corazón del hombre, sino que cargaste tú mismo con él.
Reavivo en mi la certeza de que tú pretendes restituir el género humano a la condición originaria de belleza y santidad con que salió de las manos del Creador. Y mientras pretendo secundar en mí tu obra milagrosa, acojo las penas y los sufrimientos que la vida me reserva, a fin de asociarme a tu pasión redentora a favor de la santa Iglesia y de toda la humanidad. (Colosenses 1,24).

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