Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



lunes, 21 de junio de 2010

TIEMPO ORDINARIO JUNIO 21, 2010

PALABRA DE VIDA
Lectura del segundo libro de los Reyes (17,5-8.13-15a.18):
En aquellos días, Salmanasar, rey de Asiria, invadió el país y asedió a Samaria durante tres años. El año noveno de Oseas, el rey de Asiria conquistó Samaria, deportó a los israelitas a Asiria y los instaló en Jalaj, junto al Jabor, río de Gozán, y en las poblaciones de Media. Eso sucedió porque, sirviendo a otros dioses, los israelitas habían pecado contra el Señor, su Dios, que los habla sacado de Egipto, del poder del Faraón, rey de Egipto; procedieron según las costumbres de las naciones que el Señor había expulsado ante ellos y que introdujeron los reyes nombrados por ellos mismos. El Señor había advertido a Israel y Judá por medio de los profetas y videntes: «Volveos de vuestro mal camino, guardad mis mandatos y preceptos, siguiendo la ley que di a vuestros padres, que les comuniqué por medio de mis siervos, los profetas.» Pero no hicieron caso, sino que se pusieron tercos, como sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios. Rechazaron sus mandatos y el pacto que había hecho el Señor con sus padres, y las advertencias que les hizo. El Señor se irritó tanto contra Israel que los arrojó de su presencia. Sólo quedó la tribu de Judá.

Salmo 59,3.4-5.12-13
Que tu mano salvadora, Señor, nos responda. Oh Dios, nos rechazaste y rompiste nuestras filas estabas airado, pero restáuranos. Has sacudido y agrietado el país: repara sus grietas, que se desmorona. Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo, dándole a beber un vino de vértigo. Tú, oh Dios, nos has rechazado y no sales ya con nuestras tropas. Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil. Con Dios haremos proezas, él pisoteará a nuestros enemigos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,1-5):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Déjame que te saque la mota del ojo", teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano.»
HOMILIA

2 Reyes 17, 5-8. 13-15a.18: El Señor arrojó de su presencia a Israel, y quedó Judá Salmo 59: Que tu mano salvadora, Señor, nos responda. Mateo 7, 1-5: Saca primero la viga de tu ojo

Jesús continúa enfocándonos en la vida de todos los días y ensenándonos a saber ver lo que se nos pide vivir como discípulos y que nuestra vida se exprese como sus testigos y constructores de un mundo nuevo, el mundo que él ha venido a inaugurar con nosotros. Y a hacernos ver los continuos errores que cometemos por no pensar y ver el presente y escaparnos a pensar en un mundo futuro, que él sabe que nunca será una realidad. Las autoridades civiles critican a los ciudadanos, a las autoridades religiosas que critican a los laicos, a sus propios hermanos, a las otras religiones. Y en general todos somos muy rápidos a la hora de hablar de otros, criticando a los hijos, a los padres, a los hermanos, a los vecinos, a los compañeros. Qué fácil nos resulto emitir juicios contra los demás, lo que aparece normal es que en tiempos de Jesús como en los nuestros las cosas no han cambiado mucho. Si en la vida de cada uno de nosotros habitara la obra de Jesús, no necesitaríamos abrir la boca. Si en cada un o de nosotros habitara el espíritu de Jesús no abriríamos la boca para juzgar duramente a cualquier persona, sin antes habernos revisado nuestra vida, o sin habernos puesto en la vida de las otras personas antes de juzgarlos. Si nos diéramos cuenta con que facilidad pasamos por la vida siendo hipócritas como nos sugiere el evangelio hoy, dejaríamos de criticar. La hipocresía es un defecto al que Jesús criticó bien duramente frente a todas las autoridades de su tiempo, pero hizo lo mismo con sus discípulos.
La primera lectura de hoy nos enfrente a ver con claridad que la muerte de Eliseo, nos hacen ver que los reyes del norte y del sur y recibieron uan serie de sucesos que van a culminar en el destierro a Babilonia del reino del Norte, después de tres años de asedio de Samaria en el 722 por parte del rey de Asiria, y lo cual suscita al autor sagrado a una reflexión sapiencial. El mismo texto que leemos hoy ha sido reducido, pero nos muestra la gravedad de la situación.
La alianza es un hecho bilateral donde están envuelto Dios y el pueblo: a la inidelidad del pueblo corrasponde el rechazo de Dios.

En el Año noveno de Oseas (726-722), Salmanasar V pone asedio a Samaria, que se había demostrado como vasalla indigna de confianza, preparando la conquista de la capital, que se llevó a cabo por su sucesor Sargón II.

San Agustín toma todo el sermón del monte, y lo entiende como el desarrollo de las bienaventuranzas. Y esto aparece sobretodo, en una invitación a no juzgar. El juicio se entiende aquí en sentido fuerte, como condena e incluye, por parte del hombre, el tomar un poder y en una papel que le corresponde sólo a Dios. Por otra parte Jesús no nos prohíbe juzgar, sino que nos enseña cómo hacerlo. Jesús nos enseña que la medida del juicio divino se conformará con lo que hagamos usado en nuestra juicio humano. En la Antigüedad, la medida con que se cesión de un bien era la misma con la que se aseguraba su restitución. Más tarde los rabinos enseñaban que dios se servía de un doble criterio parea juzgar: la justicia y la bondad.

“Aquel que juzga ante la venida de Dios “es un anticristo, porque se apodera de lo que pertenece a Cristo.”
La invitación a no juzgar se repite como un motivo martillante en el Nuevo Testamento. Cristo mismo, según el testimonio que dio en su comportamiento con la adultera (Juan 8,11) y con los que le crucificaban (Lucas 23,34) se presenta no como alguien que viene a juzgar sino a salvar (Juan 3,17) . San Pablo, a su vez, nos pone en guardia contra el riesgo que comporta el juicio: “juzgando a otros, tú mismo te condenas”. (Romanos 2,1ss). En consecuencia, nos invita a remitirnos al juicio de Dios, que tendrá lugar al final de la vida (1 Corintios 4,5). No menos exigente se muestra Santiago: “No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano y se erige en su juez está criticando y juzgando la Ley. Y si te eriges en juez de la Ley, ya no eres cumplidor de la Ley, sino su juez. Pero una solo es el legislador y el juez: elo que puede salvar y perdonar. ¿Quién eres tú para juzgar al prójimo. (Santiago 4,11ss).

Debería bastar con la severa advertencia e Jesús sobre la medida del juicio para hacernos desistir de cualquier pretensión de erigirnos en sensores del obrar de los otros. San Agustín nos enseña “si queremos reprochar a alguien, debemos preguntarnos antes si no somos nosotros semejantes a él.” En efecto, a menudo reprochamos a otros algo que deberíamos reprocharnos antes a nosotros mismos.

ORACION

Señor Jesús, concédeme llegar a cabo lo que me has enseñado: a ser misericordioso con todos y a no juzgar a nadie. Y para que te podamos escuchar con la ayuda de tu gracia, nos exhorta a orar. En eecto, tú siempre nos invitas a pedir, para poder acoger nuestras peticiones. Por consiguiente y dado que me lo mandas, pido, busco, puesto que me lo mandas, llamo ya que me lo ordenas.

Tú que me has inducido a pedir, haz que yo sepa acoger: tú que me has dicho que buscara, haz que pueda encontrar; tú que me haz enseñado a llamar, ábreme para que pueda entrar. Tú que suscitaste en mí el deseo concédeme que pueda impetrar lo que espero. Dame todo lo que debo ofrecerte, sal garante de los que exiges, para poder premiar aquello que tú mismo me das,

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