Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



viernes, 19 de febrero de 2010

FEBREO 19,2010

PALABRA DE VIDA
Lectura del libro de lsaías 58, 1-9a
Así dice el Señor Dios: «Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados. Consultan mi oráculo a diario, muestran deseo de conocer mi camino, como un pueblo que practicara la justicia y no abandonase el mandato de Dios. Me piden sentencias justas, desean tener cerca a Dios. "¿Para qué ayunar, si no haces caso?; ¿mortificarnos, si tú no te fijas?" Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores; mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea, para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor? El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: "Aquí estoy."»
Palabra de Dios.
Salmo 50, 3-4. 5-6a. 18-19
Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces
Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. .
Lectura del santo evangelio según san Mateo 9, 14-15

Cuando se lleven al novio, entonces ayunarán
En aquel tiempo, se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, preguntándole: - «Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?» Jesús les dijo: -«¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunaran.»
HOMILIA

Isaías 58,1-9a: “Entonces clamarás al Señor, y te responderá" Salmo 50: “Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias” Mateo 9,14-15: ¿Por qué tus discípulos no ayunan?

Nos encontramos hoy con un tema que es muy central en nuestra liturgia y que nos viene desde el Antiguo Testamento sobre todo en el profeta Isaías, quien nos dice que sólo tenemos que invocarla para que se nos haga presente. Y esto nos introduce en el Nuevo Testamento donde esa presencia es el mismo Jesús porque él vive en medio de la comunidad y cuya presencia suscita alegría en medio de nosotros. Y si esa presencia desaparece de entre nosotros. otra será la actitud que nos mueve como comunidad porque está ausente en nosotros ese Dios que es nuestra alegría.

Nos parece algo raro que digamos hoy que debemos vivir en alegría y no podemos aceptar claramente porque estamos en Cuaresma, tiempo que generalmente lo adornamos con penitencias y ayunos.

Este es el primer viernes de Cuaresma, día que llamamos penitencial porque es una invitación a buscar un sentido más propio de este tiempo, nuestros ayunos abstinencias, comenzando con la abstinencias de carne. Pero las lecturas nos dicen hoy que tenemos que estar alegres porque estamos en Cuaresma, por eso el evangelio nos muestra a Jesús que dedfiende a los discípulos que ni ayunan ni hacen ayunos. Muchos de nosotros, como los fariseos, no entendemos la religiosidad sin ayunos y penitencias. Por eso Jesús y la Iglesia hoy nos invitan a buscar el verdadero sentido y profundidad de nuestros “ayunos y abstinencias.

Por supuesto nos podemos quedar en los signos externos y seguir nuestros ritos. Hasta podemos decir que estamos en el primer viernes de Cuaresma, pero Jesús y la Iglesia nos ofrecen otra reflexión, buscar el amor, y usar la justicia de la voluntad de Dios, nos da sugerencias claras, abrir prisiones injustas y libertad a los oprimidos, romper las cadenas, partir el pan con los hambrientos, abrir nuestra casa a los que no tienen techo, vestir al desnudo, no encerrarnos y esperar que llegue la luz y la gloria de Dios al mundo. Dejemos a un lado nuestras vanidades para que este ayuno nos lleve a ser realmente auténticos y verdaderos cristianos.
Por eso el profeta comienza con una voz autorizada que proclama la esperanza en Dios. Primero ubiquémonos, el pueblo ha vuelto del exilio, y a tenido que recorrir de nuevo el desierto, y el pueblo de Dios debe ser en todo tiempo un vocro de paz y de esperanza. El profeta devuelve al pueblo la ilusión, la creatividad y la preocupación de los unos por los otros.
El pueblo que nos rodea necesita profetas que anuncien la esperanza. Las personas de nuestro tiempo necesitamos testigos que nos recuerden los signos de Dios, las marcas de Dios, los gestos de Dios. Las personas necesitan superar el ayuno de nuestra miseria e ir en busca de los valores que hacen posible el Reino de Dios. El ayuno como tal no tiene sentido si no va acompañado de las obras de Dios, las obras de misericordia.

El ayuno que quiere el Señor es fundamentalmente el ejercicio de una vida cristiana auténtica. El mejor ayuno es el compartir el pan con el otro sobre todo con el hambriento. Es decir, ser solidario y misericordioso, ocupar el lugar del hermano. La hospitalidad como tarea de cada día es acoger, pír, respetar a todos, procurar el bien común, respetar los límites de los demás, y buscar al otr4o para vestirlo con el ropaje de la paz y la bondad.

El salmista nos introduce en la acción de Dios. El centro de la vida humana es el corazón, lugar de los afectos, de los sentimientos y el lugar por donde transcurre toda nuestra sensibilidad y se asoma el pensamiento y todo lo razonable del ser humano. Dejarnos invadirnos por Dios reconocer la generosidad sublime de su misericordia. Escuchar a Dios supone prestar una actitud preferente a Dios y su Palabra (salmo 50).

El ayuno es acompañar a Cristo en el hermano. Los hermanos tienen necesidad de perdón. La Cuaresma es el tiempo del encuentro. Cristo es como el novio que va al encuentro de la novia, la Iglesia. Los creyentes cristianos se alegran y gozan con La boda de su Señor. Por so Mateo prefiere hablar de la compañía del novio y no del ayuno de la soledad.. Para Mateo seguir a Cristo es recibirlo como el Esposo de nuestra vida. Cristo nos recuerda nuestro paso por la muerte para llevarnos a la vida.

Cristo es el Esposo, y la humanidad es la esposa. Cristo genera y exige una relación de amor, llegando a ser sujeto y modelo a imitar. “El amante imita al amado por la fuerza del amor, y es la ascesis (acercamiento a Dios) no es privación o fatiga, sino imitación mística del amor. La imagen del amor cambia todo y ofrece luz, paz y dulzura.” (San Bernardo de Claraval)
Oramos con la liturgia (Prefacio de penitencia).
ORACION

Al hombre, náufrago a casa del pecado, con el sacramento de la reconciliación le abres el puerto de la misericordia y de la paz en Cristo muerto y resucitado.

Con el poder de tu Espíritu, has dispuesto para la Iglesia, santa y al mismo tiempo necesitada de penitencia, una segunda tabla de salvación después del Bautismo, y así la renuevas incesantemente para congregarla en el banquete festivo de su amor.


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