3 Vean cómo sabremos que lo conocemos: si cumplimos sus mandatos.
4 Si alguien dice: «Yo lo conozco», pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él. 5 En cambio, si uno guarda su palabra, el auténtico amor de Dios está en él.
5 Y vean cómo conoceremos que estamos en él:
6 si alguien dice: «Yo permanezco en él», debe portarse como él se portó.
7 Hijos queridos, no les escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo, el que ustedes tenían desde el comienzo; este mandamiento antiguo es la palabra misma que han oído.
8 Y, sin embargo, se lo doy como un mandamiento nuevo, que se hace realidad tanto en ustedes como en Jesucristo; ya se van disipando las tinieblas y brilla la luz verdadera.
9 Si alguien piensa que está en la luz mientras odia a su hermano, está aún en las tinieblas.
10 El que ama a su hermano permanece en la luz y no hay en él causas de tropiezo.
11 En cambio, quien odia a su hermano está en las tinieblas y camina en tinieblas; y no sabe adónde va, pues las tinieblas lo han cegado.
SALMO 90,1-3,5-6
1 Señor, tú has sido para nosotros
1 un refugio a lo largo de los siglos.
2 Antes que nacieran las montañas
2 y aparecieran la tierra y el mundo,
2 tú ya eras Dios y lo eres para siempre,
3 tú que devuelves al polvo a los mortales,
3 y les dices:»¡Váyanse, hijos de Adán!».
4 Mil años para ti son como un día,
4 un ayer, un momento de la noche.
5 Tú los siembras, cada cual a su turno,
5 y al amanecer despunta la hierba;
6 en la mañana viene la flor y se abre
6 y en la tarde se marchita y se seca.
LUCAS 2,22-35
22 Asimismo, cuando llegó el día en que, de acuerdo con la Ley de Moisés, debían cumplir el rito de la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor
25 Había entonces en Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón. Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel, y el Espíritu Santo estaba con él.
26 Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor. 27 El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel momento.
27 Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que mandaba la Ley, 28 Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras:
29 Ahora, Señor, ya puedes dejar que tu servidor muera en paz, como le has dicho.
30 Porque mis ojos han visto a tu sal vador,
31 que has preparado y ofreces a todos los pueblos,
32 luz que se revelará a las naciones
32 y gloria de tu pueblo, Israel.
33 Su padre y su madre estaban maravillados por todo lo que se decía del niño.
34 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, este niño traerá a la gente de Israel caída o resurrección. Será una señal de contradicción,
35 mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio, sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres.»
1Juan 2,3-11: “Quien ama a su hermano permanece en la luz”Salmo 95: Alégrese el cielo, goce la tierra Lucas 2,22-35: “Mis ojos han visto a tu salvación”
Conforme a la Ley judía, todo primogénito varón debía ser presentado en el Templo, y Jesús no fue la excepción. María y José se presentan con un par de tórtolas y dos pichones, según lo previsto por la Ley, dándonos a conocer su situación de “pobres”. La condición social de la Sagrada Familia de Nazaret no era la mejor, pero Dios se fijó en esa humilde pareja para hacerse presente en medio de nosotros. Y todavía hay más. En el momento de la presentación, el que recibe al niño en sus brazos es un anciano llamado Simeón, que significa “Dios ha escuchado”, pero, como lo dice el texto, es un “hombre honrado y piadoso que esperaba la liberación de Israel y se guiaba por el Espíritu Santo”, y nos da a conocer el plan salvífico de Dios en Jesús. Por eso, Lucas lo que quiere resaltar y pone en boca de Simeón es que Jesús es el Liberador, es el Salvador que ha venido a instaurar la paz, que ha venido a iluminar no sólo a los de Israel, sino también a los paganos (extranjeros). Ya podemos morir en paz porque nosotros también hemos conocido al Salvador y proclamamos su proyecto del reino.
Este mandamiento del amor, además es nuevo y antiguo al mismo tiempo “nuevo”, porque ha sido la enseñanza recibida desde el principio del anuncia cristiano. Dios es la luz y para Juan el que ama vive en la luz, y el que odia vive en las tinieblas.
La presentación de Jesús en el templo de Jerusalén sugiere el trasfondo teológico de este fragmento: la antigua alianza cede el puesto a la nueva, reconociendo en Jesús-Niño al Mesías doliente y al salvador universal de los pueblos. EL relato ambientado en el templp, lugar la presencia de Dios y de la revelación profética bíblica (Malaquías 3; 2 Samuel 6, Isaías 49,6) y consta de dos partes: la presentación de la escena (22-24) y la profecía de Simeón (25-35).
María y José obedientes a la ley hebraica, entran en el templo como sencillos miembros pobres del pueblo de Dios para ofrecer su primogénito al Señor y para la purificación de la madre (Exodo 13,2-16; Levítico 12,1-8). Confianza y abandono en Dios cualifican esta ofrenda de Jesús-Niño, anticipo de la verdadera ofrenda del Hijoo al Padre que se cumpke en el Calvario. Pero el centro de la escena está constituido por la profecía de Simeón “el hombre justo y piadoso de Dios; que esperaba el consuelo de Israel” (25). Guiado por el Espíritu va al templo y, reconociendo en Jesús al Mesías esperado, estalla en un saludo festivo unido a una confesión de fe: “las antiguas promesas” se han cumplido; él ha visto al Salvador, gloria del pueblo de Israel, luz y salvación para todas las gentes; ahora su fin está marcado por el triunfo de la vida. Pero esta luz del Mesías tendrá el refelejo del dolor, porque Jesús será “el signo de contradicción” (34) y la misma Madre será inspirada en el destino de sufrimiento del Hijo (35).
Amar, según el ejemplo de Cristo, quiere decir, darse, olvidarse de sí mismo, procurar el bien de otro hasta sacrificar los propios intereses, las propias ideas y la misma vida.
Por eso se nos repite a menudo y a vivir hoyla Palabra: “El que ama a su hermano vive en la luz.” (1 Juan 1,10)
Señor Jesús, desde niño has querido darnos ejemplo de sencillez y pobreza con tu vida ocult y confundida con la gente común. Has querida ser presentado en el templo y someterte a la ley del tiempo como un primogénito cualquiera de tu pueblo. Te has hecho reconocer como Mesías y Salvador universal por Simeón, hombre justo y abierto a la novedad del Espíritu, porque tú siempre te revelas a los encillos y mansos de corazón y no a los que el mundo considera granres y poderosos.

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