3 Sucedió que se perdieran las burras de Quis, el padre de Saúl, y éste dijo entonces a su hijo Saúl: «Llévate contigo a uno de los sirvientes y anda a buscar las burras». 4 Fueron a la montaña de Efraín y atravesaron el territorio de Salisa, pero no encontraron nada. Atravesaron luego el territorio de Saalim, pero tampoco estaban allí. Recorrieron el territorio de Benjamín sin hallar nada. 5 Al llegar al territorio de Suf, Saúl dijo a su sirviente: «Mejor volvámonos, pues nuestro padre se va a preocupar más por nosotros que por las burras».
6 El sirviente le respondió: «En ese pueblo hay un hombre de Dios. Es un hombre muy estimado, todo lo que predice ocurre. Vamos a verlo, a lo mejor nos indica el camino que debemos seguir».
7 Saúl dijo al muchacho: «Si vamos a verlo, ¿qué podremos ofrecer a ese hombre? Ya no tenemos pan en nuestros bolsos y no tenemos ningún regalo que ofrecer al hombre de Dios. ¿Qué podemos obsequiarle?» 8 El sirviente le respondió: «Me queda todavía un cuarto de siclo de plata, se lo daré a ese hombre de Dios para que nos indique el camino». 10 Saúl dijo a su sirviente: «Tienes razón, vamos para allá». Y se dirigieron al pueblo donde estaba el hombre de Dios.
14 Siguieron caminando a la ciudad, y apenas entraron, se encontraron con Samuel que salía para ir al santuario. 15 Ahora bien, la víspera de la llegada de Saúl, Yavé había hecho una revelación a Samuel:
16 «Mañana a esta hora te enviaré a un hombre del territorio de Benjamín, al que consagrarás como jefe de mi pueblo Israel. Ese hombre va a salvar a mi pueblo de las manos de los filisteos, porque he visto la aflicción de mi pueblo y su clamor ha subido hasta mí».
17 Cuando Samuel divisó a Saúl, Yavé le dijo: «Ese es el hombre de que te hablé, él gobernará a mi pueblo». 18 Saúl se dirigió a Samuel que estaba en medio de la puerta y le preguntó: «¿Podrías indicarme dónde está la casa del vidente?»
19 Samuel respondió a Saúl: «Yo soy el vidente, sube delante de mí al santuario alto. Ustedes comerán ahora conmigo, y mañana te diré todo lo que te preocupa; luego dejaré que te vayas.
Samuel tomó entonces un frasco de aceite y lo derramó sobre la cabeza de Saúl, luego lo abrazó y le dijo: «Yavé te ha consagrado como jefe de su pueblo Israel. Tú gobernarás el pueblo de Yavé y tú lo librarás de las manos de sus enemigos. ¿Quieres estar seguro de que Yavé te consagró como jefe de su heredad?
3 Le has cumplido sus más caros deseos, no le has negado lo que te pedía.
4 Tú le presentas buenas bendiciones, con oro fino coronas su cabeza.
5 La vida que te pidió, tú se la diste: largos días, muchos y muchos años.
6 Debido a tu favor, será muy famoso, derramas sobre él honor y majestad.
7 Has puesto sobre él bendiciones eternas, tú lo haces feliz con tu presencia.
13 Jesús salió otra vez por las orillas del lago; todo el mundo venía a verlo y él les enseñaba. 14 Mientras caminaba, vio al que estaba sentado en la aduana. Era Leví, hijo de Alfeo. 14 Mientras caminaba, vio al que estaba sentado en la aduana. Era Leví, hijo de Alfeo. Jesús le dijo: «Sígueme.» Y él se levantó y lo siguió. 15 Jesús estuvo comiendo en la casa de Leví, y algunos cobradores de impuestos y pecadores estaban sentados a la mesa con Jesús y sus discípulos; en realidad eran un buen número. Pero también seguían a Jesús
Maestros de la Ley del grupo de los fariseos y, al verlo sentado a la misma mesa con pecadores y cobradores de impuestos, dijeron a los discípulos: «¿Qué es esto? ¡Está comiendo con publicanos y pecadores!»
17 Jesús los oyó y les dijo: «No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»
1 Samuel 9, 1-19: “Ese es el hombre de quien habló el Señor; Saúl regirá a su pueblo” Salmo 20: “Señor, el rey se alegra por tu fuerza” Marcos 2, 13-17: “Él se levantó y le siguió”
El pensamiento de Jesús está con el pensamiento de su Padre que lo ha enviado a la humanidad. Y no nos puede llamar la atención, aunque esto no es muy corriente en el mundo de hoy. Nos puede llamar a la atención como a los fariseos el hecho de que Jesús no sólo eligió a Mateo sino que fue a comer en su casa y otros fariseos. ¿Nosotros de parte de quien estamos? Jesús ha hecho una decisión clara y coherente con los excluidos. Por supuesto que frente a la actitud sorprendente de Dios, no faltan los moralistas, los apegados a la Ley y que no dejan a Dios ser Dios, que quiere devolver a cada ser humano, no le importa quien sea ni de donde venga. No importa que sea la opinión de los escribas y fariseos. Jesús indica de que parte están él y su Padre del cielo y para quienes vino a establecer el Reino de Dios. Eso nos quita la responsabilidad que tenemos, ¿Nosotros de parte de quien estamos?
Pero, dejemos, que nos lo diga personalmente Dios con Samuel y Marcos, es decir Jesús y Dios. Nuestro tiempo no ha cambiado, tenernos que volvernos a la historia de Samuel y Jesús en casa de L,evi.
Es algo que nos lo dice el evangelio hoy. La fe es la condición del seguimiento de Dios. Allí se nos dice “al pasar, Jesús, vio a Levi, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en su oficina de impuestos, le dijo “Sígueme”. El se levantó y le siguió.” Levi, se hace discípulo de Jesús en medio de su trabajo mundano. Es cierto, en todas las profesiones se puede seguir a Jesús, hacer lo que él hace. No pensaban así los fariseos, que reprocharon a Jesús que comiera “con publicanos y pecadores.” (16) Y ésta la de cobrador de impuestos les imped+ia observan el sábado y otras leyes.
Pero para Jesús no existen profesiones que excluyan del discipulado cristiano. Lo que impide ser discípulos de Cristo es creerse “justos” y “sanos”, esto es no sentirse necesita do de salvación “no necesitan de médicos los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.” (17).
Lo importante es estar con ellos no excluirlos, no condenarlos, no juz-garlos. Jesús actúa con paciencia, misericordia, longanimidad, por eso Jesús es médico, su terapia puede dudar toda la vida, porque es su presencia de estar no nosotros. El Señor parece querer decirnos que la conversión más difícil es la del justo o la de los que se consideran como tales.. Por eso la misma liturgia nos dice la Palabra que sale de la boca de Dios, “Señor, el rey se alegra por su fuerza.” Agustín de Hipona decía en uno de sus sermones: “Porque temo no sólo al Jesús que pasa sino también al Jesús que permanece, por eso no puedo callar.” (Sermón 88).
Jesús pasa. Es uno de los tantos transeúntes con los que nos cruzamos en la calle. Son incontables los que nos “pasan” a derecha e izquierda, los que saltan, obstaculizan, cortan la calle, nos observan con una perfecta indiferencia. Muchos, demasiados, no se dan cuenta de nada. Pasan y no ven, Jesús “pasa y ve”. Se da cuenta de nosotros. Ve la verdad entera que hay en el hombre. Me ve a mi… Jesús necesita encontrar en nosotros al hombre y es a quien dirige la palabra, como a Leví “«Sígueme.» Y él se levantó y lo siguió. ¿Nosotros de parte de quien estamos?
Dame, Señor. Un corazón atento y límpido; un corazón deseoso de encontrarte allí donde me encuentre, y de seguirte, es decir, de imitarte, desde el lugar en el que me encuentre. Un corazón atento para poder reconocer tus pasos en la historia; en la pequeña, en la todos los días, y en la grande, la que lleva los colores fuertes de la alegría o del dolor, de la esperanza que nos hace volar o de la desesperación que nos aplasta. Un corazón límpido por que sólo la mirada de quien es profundamente puro y libre es capaz de ver…, de verte. Un corazón deseoso de encontrarte, porque ése es el camino seguro para descubrirte ya presente… Un corazón que quiera seguirte, porque sólo el camino del Evangelio, que eres tú, conduce a la vida plena y verdadera.

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