Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



miércoles, 10 de noviembre de 2010

TIEMPO ORDINARIO NOVIEMBRE 10, 2010

PALABRA DE VIDA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito (3,1-7):
Recuérdales que se sometan al gobierno y a las autoridades, que los obedezcan, que estén dispuestos a toda forma de obra buena, sin insultar ni buscar riñas; sean condescendientes y amables con todo el mundo. Porque antes también nosotros, con nuestra insensatez y obstinación, íbamos fuera de camino; éramos esclavos de pasiones y placeres de todo género, nos pasábamos la vida fastidiando y comidos de envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros. Mas cuando ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre, no por las obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino que según su propia misericordia nos ha salvado, con el baño del segundo nacimiento y con la renovación por el Espíritu Santo; Dios lo derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador. Así, justificados por su gracia, somos, en esperanza, herederos de la vida eterna.

Salmo 22,1-3a.3b-4.5.6
El Señor es mi pastor, nada me faltaEl Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.
Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,11-19):
Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentró diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes.»Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»
HOMILIA

Tito 3, 1-7: Íbamos fuera de camino, pero según su propia misericordia nos ha salvado. Salmo 22: El Señor es mi pastor, nada me falta Lucas 17, 11-19: Ponte de pie y vete; tu fe te ha salvado.

La acción misericordiosa de Dios concretizada en la misión de Jesús no se limita a un pueblo en particular, es un don para todos los que están dispuestos a acoger por la fe el mensaje liberador del Maestro. Jesús, de camino a Jerusalén, atraviesa Galilea y Samaria, lugares mal vistos por las autoridades judías y que representan a grupos excluidos por el sistema religioso del momento. En un pueblo de esa región es donde Jesús se encuentra con los diez leprosos, personas que por su enfermedad eran alejados de la comunidad, pues se creía que eran pecadores y por lo tanto no queridos por Dios; todos ellos quedan sanos, pero solo uno de ellos, un samaritano, vuelve agradecido a Jesús. Leprosos y samaritano nos indican el verdadero lugar en el que Dios actúa y el tipo de personas que acogen esa acción. El leproso samaritano fue consciente (v.15) por la fe no sólo de su sanación, sino también de la presencia salvífica y misericordiosa de Dios en él, la cual lo reintegra a la comunidad y lo hace una persona digna, querida por el mismo Dios. ¿Somos conscientes de la acción misericordiosa que Dios realiza diariamente en nuestra vida y en nuestra comunidad?

Pablo por medio de Tito hace llegar su enseñanza a todos los miembros de la comunidad cristiana. SU mentalidad es colaborar con el responsable de aquella comunidad en la construcción de una Iglesia que sea vedrdaderamente idgna de ese nombre y capaz de dar testimonio del Evangelio.

En primer lugar expresa la “dimensión pública de ser cristiano.” La fe en Cristo no puede ser reducida a una experiencia privada, doméstica; al contrario, ésta tiende a manifestarse en público y a penetrar en las redes de nuestras relaciones sociales. Segundo, con una gracia enormemente bella y vigorosamente expresiva, describe el paso decisivo desde un pasado envuelto de maldad y de odio a un presenta iluminado ahora por la gracia de Dios: “También nosotros fuimos en un tiempo insensatos, rebeldes, descarriados, esclavos… Pero ahora ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador… (3ss) Este paso marca para Pablo, y también para nosotros la gran novedad de Cristo, encarnación personal del amor misericordioso del Padre.
También nosotros, como creyentes confiados a los cuidados paternales de Tito, somos destinatarios de este gran anuncio, de esta “bella n oticia”, que hoy, como ayer, se presenta como absolutamente gratuita e inesperada. Cada vez que nos ponemos en contacto con la Palabra de dios escrita nos ofrece la oportunidad de hcer memoria viva de este gran acontecimiento, que, como un gran lavado, es capaz de regenerarnos y de renovarnos por el poder del Espíritu Santo.
En el evangelio nos encontramos con Jesús que viaja a Jerusalén, meta de su peregrinación para llegar a la ciudad en la que también él como los profetas está llamado a entregar su vida.
Entra en un pueblo samaritano, podría sentirse incómodo y pasar de largo, evitando todo encuentro y todo di’álogo. En este pueblo la gente vuelve impuro a todo el que se acerca (12ss). Pero Jesús es salvador de todos, es el hermano universal. Ha venido “para todos”: no muestra preferencia entre personas. Y no califica o descalifica a nadie porque pertenezca a un pueblo o una raza, y menos por su estado de salud. Este milagro está realizado con la mayor discreción y con una apertura total a todos los más pobres entre los pobres, a aquellos que tienen necesidad de su poder sanador.

Todos quedan curados, pero sólo uno siente la necesidad de volver a Jesús para agradecerle (15). Se le echa a los pies para darle a entender que, ahora en adelante, se con didera no sólo beneficiario de un milagro, sino también y sobre todo un discípulo (16). Sólo9 él recibe de Jesús la curación completa: la del cuerpo y la del alma. Por desgracia, nop a todos se le da la gracia de consumar el camino de la salvación, que va desde el beneficio recibido a la gratuidad expresada y a la alabanza. No es suficiente con encontrar o haber encontrado a Jesús de Nazaret; también es necesario escuchar su Palabra, ceder a la misericordia atracción de la gracia y seguirle donde vaya.

Por eso Pablo va a recordarnos hot: “El nos salvó no por nuestras buenas obras, sino en virtud de su misericordia.” (Tito 3,5)

ORACION

Señor, me siento leproso entre los leprosos. Sin embargo, tú me miras y, a pesar de toda mi iniquidad, me inundas con la belleza de tu creación. “Gracias”

Si veo por doquier enfermedades e injusticias, pero tú nos muestras tus acciones, que alivian el dolor de tantas heridas. “Gracias.”

Señor, observo signos prepotentes de muerte y desesperación, pero tú nos ofreces con tu amor una esperanza de vida. “Gracias”.

Sin embargo, con los leprosos del Evangelio, somos ciegos y duros de corazón. Con la ilusión de estar curados, seguimos por neutro camino, ingratos e incpaces de recoger tus llamadas, tus seguridades. Pero el eco de tus palabras nos acompaña siempre: “Sólo salva una fe que se traduzca en vida.”

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