Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,35-43):
HOMILIA
Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5a: Recuerda de dónde has caído, y arrepiéntete Salmo 1: Al que salga vencedor le daré a comer del árbol de la vida. Lucas 18, 35-43: Señor, que recobre la vista.
Jesús va camino a Jerusalén el los últimos días de su misión en la tierra; pero los discípulos no entienden los momentos en ue vive Jesús, pues no comprenden su camino a la cruz (Lucas 18,34). Y en ese caminar se encuentra con un ciego, que sin verlo e impedido por la muchedumbre es capaz de reconocer la misión salvadora de Jesús: “llevar buenas nuevas a los pobres, anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver” (Lucas 4,18) El ciego reconoce por su fe que Jesús es portador de salvación, que en El Dios está actuando . El ciego posee los ojos de la confianza ilimitada en la misión liberadora de Jesús, la cual sana, regenera y vincula nuevamente a la vida a todos los que sufren dolor yla exclusióny que por mismo lo puede curar. El ciego posee los ojos de la fe que Jesús es portador de la salvación y que lo puede curar y a sí se vuelve un discípulo que superando su ceguera, sigue a Jesús en forma incondicional. ¿Es verdaderamente firme nuestra fe como para seguir con fidelidad el proyecto de Jesús sin importar sus consecuencias?
Hoy comenzamos a leer el libro del Apocalipsis, el último libro de la Biblia, y nos presenta algunas claves de este libro. Recurriendo a ellas, no sólo podemos percibir el mensaje de esperanza que de él se desprende, sino acoger también el hacer nuestra bienaventuranza que promete (3).
¡Apocalipsis significa “revelación”; por consiguiente nada de duro o de impenetrable sino, al contrario, la apertura de un paso hacia el gran mistrio de la salvación en Cristo Jesús. Juan desea con este libro llevar a su término su ministerio como evangelista, conduciéndonos a conocer cada vez mejor a Jesús, el misterio de su muerte y resurrección, su victoria sobre el mal y sobre el maligno, y el gran acontecimiento de su retorno final.
Después de la revelación viene loa bienaventuranza: “Dichoso el que lea y dichosos los que escuchen este mensaje profético” (3ª) Se trata de una bienaventuranza que se desprende de la revelación y que quiere penetrar la tierra y el tiempo en que vivimos. Con todo es menester escuchar, y cumplir “lo que está escrito en él” (3b): en este sentido, la bienaventuranza prometida es, en parte don, y, en parte compromiso.
“Gracia y paz a vosotras” (se refiere a las comunidades (4): el libro del Apocalipsis ha sido escrito para que también que través de él podamos recibir la gracia que baja de lo alto y la paz que Jesús nos ha asegurado. Estos dones han sido prometidos no sólo a los creyentes particulares, sino también a todas las iglesias, a las que juan se dispone escribir siete cartas. En efecto, la salvación es diálogo y encuentro personal con el Señor Jesús, pero es, asimismo, vínculo de comunión entre las comunidades creyentes.
Lucas ambiente el episodio de la curación del ciego como el de Zaqueo, que encontraremos en la liturgia de mañana, en la cercanía de Jericó, ciudad que evoca acontecimientos muy importantes de la historia de Israel. Es que para nosotros los cristianos tanto Jerusalén como Jericó son para nosotros, y para Lucas, ciudades que pertenecen tanto al pasado como al presente de la historia bíblica; tanto hoy como ayer, son lugares de teofanía y salvación.
En efecto, son pocos los puntos de contacto entre el episodio del ciego y el de Zaqueo: mientras que Jesús presta Atención al ciego que hay al borde del camino (40), la muchedumbre por el contrario intenta hacerle callar (39ª); mientras que Jesús llama a Zaqueo, que se ha subido a una higuera (Lucas 19,5) la muchedumbre por el contrario, murmura cuando zaqueo recibe a Jesús en su casa (Lucas 19,7).
Del episodio del ciego es conveniente destacar las expresiones que dirige a Jesús. Al principio le indica como “Hijo de David” (38). Sin embargo, luego le llama “Señor” (41) y le pide el milagro. No podemos dejar de señalar una maduración en la fe de este pobre, a quien le han presentado a Jesús sólo “como Jesús, el Nazareno” (37), y al que a continuación reconoce como Mesías y Señor. Al final, cuando haya re3cibido el don de la vista, oirá de labios de Jesús: “Tú fe te ha salvado”. (42) Es la fe lo que nos permite ver en lo profundo cuando se trata de reconocer el misterio. Sólo con la fe se ve el bien. Por eso Juan nos recuerda hoy en el Apocalipsis: “Dichoso el que lea y dichosos los que escuchan”. (Apocalipsis 1,3).
ORACION
¡Oh Señor, verdadera luz de mi conciencia, haz que yo vea!
Para desarrollar mi misión en el presente sin titubeos, con coherencia y libertad, resistiendo a las lisonjas de la popularidad, ¡”haz, Señor, que yo vea!”
Para cantar por siempre tu bondad tantas veces probada, seguro de que este árbol mío dejado marchitar dará fruto a su tiempo, ¡”haz, Señor, que yo vea!”
Oh Señor, verdadera luz de mi conciencia, haz que yo vea!

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