Dichosos los invitados al banquete de bodas del CorderoAclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.
Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.
«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.»
Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,20-28):
HOMILIA
Apocalipsis 18, 1-2. 21-23; 19, 1-3. 9a: ¡Cayó la gran Babilonia! Salmo: 99: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero. Lucas 21, 20-28: Verán llegar al Hijo del Hombre con gran poder y gloria.
La destrucción de la ciudad de Jerusalén no puede ser comparada con la destrucción o final del mundo, más bien debe ser interpretada como la oportunidad precisa para que la comunidad creyente abra su horizonte de misión y lleve el testimonio de Jesús fuera de las fronteras de Israel, es decir, a los pueblos paganos. Cuando le ciudad sea entregada en manos de los paganos es el tiempo de Dios, donde él ofrece a todas las naciones del mundo conocido la salvación prometida a Israel. Lucas pretende expresar por medio de un lenguaje apocalíptico, la fuerza salvífica y liberadora de Jesús, el cual ha sido enviado para hacer presenta de manera efdinitiva el reino de Dios; así mismo, esa presencia gloriosa de Jesús en medio de la humanidad debe ser motivo de alegría y de esperanza, y mucho más para todos los que formamos parte de la Iglesia, ya que Jesús resucitado es la esperanza legítima de la comunidad de creyentes, es quien realmente da sentido a nuestra fe y a nuestras obras, es quien nos presenta el camino verdadero que nos conduce a la liberación y la vida en plenitud.
Por eso, la visión que nos presenta Juan tiene también como finalidad de iluminar la historia de Dios en marcha. El cielo y el resplandor que del se difunde (18,1) indican, de una manera clara, la procedencia divina de la Palabra que va a ser proclamada. Sólo quien escucha y recibe el mensaje podrá caminar seguro hacia la meta final.
Por un lado se proclama el final de Babilonia. Símbolo de las potencias adversas al Reino de Dios y tendientes a arrancar un culto idolátrico a los hombres. Se trata de una auténtica derrota de Babilonia, aunque de momento en su historia pueda a parecer vencedora. La ruina de la ciudad, según el juicio expresado por esta profecía, no es otra cosa que el mentís de cualquier intento humano de oponerse al designio divino. La ausencia total de alegría en ella –faltarán el son de las citaras, la luz del candil y el canto del novio y de la novia- es signo de la ausencia de Dios y de la sordera total de sus habitantes a la voz del Señor, que llama a la conversión (18,2.22ss).
Por el contrario, el aleluya proclamado inmediatamente después (19.1-3) expresa, con un contraste vigoroso e iluminador, la victoria de Dios sobre sus adversarios, la victoria del Cordero sobre sus enemigos y la alegría de los salvados con el poder de la pascua. El símbolo final de esta gozosa victoria es “elo banquete de bodas” (19,9) que ofrece el Cordero a todos los invitados. Se trata de un símbolo bíblico bien conocido, que nos invita a compartir el gran misterio de la salvación de Dios, nuestro salvador, en la fe y la esperanza.
En el evangelio se presenta de nuevo el “discurso escatológico”, que se divide en dos partes: en la primera se describe la destrucción de Jerusalén (20-24) en la segunda se describe el fin del mundo (25-28) La primera parte es la más característica de Lucas, ya que le gusta volver de la apocalíptica a la historia “Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos… son días de venganza” (20-22)
Queda claro que Lucas considera la destrucción de Jerusalén co moel inikcio del juicio de dios dirigido contra el comportamiento precedente de sus habitantes. De ahí que la perspectiva mire más al pasado que al futuro. Hay, no obstante, un matiz particular que merece ser destacado: lo que le ocurre a Jerusalén tiene una finalidad que abre la perspectiva al universalismo: “Jerusalén será pisoteada por los paganos hasta que llegue el tiempo señalado” (24), es decir, el tiempo del testimonio o, bien,el tiempo de los mártires (ver Hechos de los Apóstoles).
Es sabido que a Lucas le gusta distinguir con claridad los tiempos de la historia de la salvación: el tiempo del antiguo Israel, la plenitud de los tiempos caracterizada por la presencia de Jesús y el tiempo de la Iglesia. Los tiempos de los paganos se insertan en esta última sección de la historia. Es el paso de la primera a la segunda parte de este fragmento, Lucas deja entender que al tiempo de los paganos le sucederá el tiempo del juicio universal.
Los versículos 25-28 se caracterizan por la venida del Hijo del hombre para el juicio: el creyente no tiene ningún motivo para temer, aunque la descripción de este momento induzca sentimientos que suscitan el temor de Dios. El regreso del Señor se caracteriza, en efecto, por el “gran poder y gloria” (27): él traerá consigo el poder de la liberación total y definitiva, una “redención” que sólo puede ser un exquisito don divino. De ahí que Juan en Apocalipsis 19.9 diga: “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.”
ORACION
La Primera Carta de Pedro 3,14.15 dice: “No temáis las amenzas ni os dejéis amedrentar. Dad gloria a Cristo, el Señor, y estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida explicaciones.”
S la esperanza lo que proporciona el valor para buscar mundos nuevos y para remover capaz de escombros y de hábitos que me incrustan y me entierran en seguridad precaria. La esperanza de alcanzarte me hace que no me desista nunca y me infunde el coraje necesario para seguir adelante a pesar de mis debilidades.
Es la esperanza lo que moviliza todos mis recursos para alcanzar para alcanzar la meta que tú me has reservado para luchar contra una existencia incolora que, poco a poco, nos va achacando y paralizando. La esperanza de reconocerte, porque la vida se renueva y no se repite nunca cuando se abre a ti y se inspira en el evangelio.
Es la esperanza lo que me da la fuerza necesaria para mantener viva mi luz, para no “rehacerme” como otros me quieren, vagando sin identidad y cerrado a la gracia. La esperanza de verte y quedar maravillado.

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