Salmo 62,2.3-4.5-6.8-9
Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos.
Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene.
Lectura del santo evangelio según san Juan (20,1.11-18):
Cantar de los Cantares 3, 1-4: Encontré el amor de mi alma Salmo 62, 2-6.8-9: Mi alma está sedienta de ti, mi Dios Juan 20,1.11-18: Mujer, ¿por qué lloras?
En la fiesta de Santa María Magdalena nos volvemos a las apariciones del Señor en el día de su resurrección. Juan nos muestra sus particularidades, María va al sepulcro sin miedo, empujada por su amor, tan pronto como el sábado termina y ella tiene libertad de movimiento, lo mismo que estuvo presente a los pies de la cruz también está presente en su tumba. Su primero misión de amor comienza con su mensaje a los dos discípulos y así se convierte en la intermediaria humana para que el discípulo crea sin haber visto. Cuando los dos ven la tumba vacía y los lienzos simplemente vuelven a casa, pro el amor de María la tiene atada a aquel lugar.
Un detalle importante de Juan es que Jesús mismo encomienda a María Magdalena que anuncie a sus hermanos el mensaje pascual fundamental, desde ese momento El y sus discípulos van a permanecer inseparablemente unidos como miembros de la única familia de Dios. Ella no es sólo la primera en contemplar a Cristo resucitado y el apóstol de los apóstoles sino también la portadora del mensaje de la nueva creación. Jesús se lo encomendó aunque era muy consciente de que el testimonio de las mujeres no se contaba en la cultura judía. Es que su glorificación marca el comienzo de una nueva cultura cristológica.
Es interesante observar que en los relatos de las apariciones del resucitado está presente como algo fundamental el envío misionero, se le dice también a María Magdalena que tiene que ir a anunciar a los hermanos que ha visto al Resucitado. El contemplar a Cristo resucitado nos impulsa a toda la Iglesia a ser comunicadora y anunciadora de la nueva realidad, se convierte a sí en anunciadora de una vida nueva.
No es posible leer este evangelio y decir todo esto, y no darse cuenta que la realidad de la mujer en la Iglesia no es evangélica. ¿Qué podemos hacer? Hay muchas personas, muchas mujeres sobre todo, que celebran la fiesta de María Magdalena con una reivindicación pendiente en la Iglesia. ¿Hace falta ser mujer para defender la Causa de la Mujer. ¿A quién le puede dejar indiferente esta situación?
Es bueno recordar algo de lo que nos dicen los evangelios de María Magdalena. María tal vez fue natural de Magdala, una pequeña aldea situada a orillas del lago de Genesaret, es una de las mujeres que atestiguan los evangelio que sirvieron y siguieron s Jesús durante su vida pública. De ella se dice que liberada de la opresión del demonio o los demonios, fue fiel al Maestro hasta los pies de la cruz y más allá… Mientras permanecía llorando ante el sepulcro vacio de su Señor, oyó que el Resucitado la llamaba por su nombre, y se convirtió en el primer testigo; fue enviada, en efecto, por él a anunciar a los hermanos la victoria pascual de Cristo.
El Cantar de los Cantares no sólo reconoció la consagración del amor entre el hombre y la mujer, sino mucho más: la expresión simbólica del amor de Dios por su pueblo.
En la inquietud se despierta de deseo del Señor y se vuelve búsqueda apasionada vital (2ª) Es menester perseverar en esta tensión )2b) pedir humildemente la ayuda y consejo (3) y, después, ir más allá en la conciencia de que Dios puede orientarnos a él. Entonces, él se hará presente a quien no se canse de buscarlo en la noche del corazón ardiente.
En el evangelio, nos damos cuenta que el amor de María Magdalena no muere bajo la cruz. Jesús le habíá devuelto la vida en plenitud y desde aquel momento ella había vivido para él. (ver Lucas 8,2). Tras la hora trágica del Viernes Santo, maría permanece fiel a aquella entrega absoluta, obstina-damente consagrada a la búsqueda de Aquel a quien ama. Nada puede apar-tarla de su objetivo: ni siquiera el descubrimiento de la tumba vacía.
Esta mujer es la figura de la Iglesia-esposa y de toda alma que busca a Cristo y no tiene otra cosa para ofrecer que las lágrimas del amor. El Señor se deja encontrar por quien le busca de este modo. Resucitado y vive, sed acerca a quien sabe permanecer en la soledad junto al misterio incomprensible (11ª). Sin embargo, sólo podemos reconocerle cuando nos llama por nuestro nombre y nos hace sentir que nos conoce hasta el fondo. Este mismo conocimiento de amor no está destinado a una satisfacción personal, sino que es un don que nos hace testigos ante los hermanos a fin de llevar a todos al anuncio pascual (17ss), la alegría verdadera, una vida nueva transfigurada por el encuentro con el Señor.
Por eso, se nos repite a menudo hoy estas palabras: “Si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura” (2 Corintios 5,17).
La pregunta de Jesús ¿A quién buscas? La pregunta de Jesús resucitado a María Magdalena puede sorprendernos también a nosotros cada mañana y a cada hora de nuestra vida. ¿Eres capaz de decir a quién buscas de verdad? En efecto, no siempre está claro que buscamos a Jesús, el Señor. Si siempre aquel a quien queremos encontrar es precisamente a aquel que quiere entregarse a nosotros. María buscaba al hombre Jesús, buscaba al Maestro crucificado, por eso no veía a Jesús el Viviente delante de ella. Si tenemos una idea de Jesús a la medida de nuestra pequeña mente humana, la búsqueda acaba en un callejón sin salida. Jesús es siempre inmensamente más que lo que nosotros conseguimos pensar y desear. ¿Dónde, pues, y cómo buscar al Señor para salir del túnel de nuestros extravíos y de nuestros miedos para no engañarnos dando vueltas alrededor de nosotros mismos en vez de correr derechos hacia él? Sólo si antes tenemos una verdadera y justa valoración de nosotros mismos como criaturas pobres podremos descubrir la presencia que lo sostiene todo. Aquel a quien buscamos debe ser debe ser verdaderamente el todo al que anhela adherirse nuestra alma. Buscar a Cristo es signo de que, en cierto modo, ya le hemos encontrado, pero encontrar a Cristo es un estímulo para continuar buscándolo.
Santa María Magdalena, viniste a Cristo, fuente de misericordia: tenías una sed ardiente de él y fuiste abundantemente saciada. Fue él, quien, siendo peca-dora, te justificó; fue él quien, en tu dolor tan amargo, te consoló dulcemente. Ardiente enamorada de Dios, en mi timidez, vengo a implorarte a ti, que eres bienaventurada; Yo que vivo en mi oscuridad, a ti, que eres luminosa, yo, que soy pecador, a ti que has sido justificada: acuérdate, en tu bondad, de lo que fuiste y de la necesidad de misericordia que tuviste. Obtenme la compunción del ánimo puro, las lágrimas de la humildad, el deseo de la patria celestial. Me sirve de ayuda la familiaridad de vida que tuviste y sigues teniendo aún con la fuente de la misericordia. Hazme llegar a ella, a fin de que pueda lavar mis pecados; dame de beber de ella, para que quede saciada mi sed. (Oración de San Anselmo de Canterbury).

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