Comienzo del profeta Jeremías (1,1.4-10):
Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,1-9):
Jesús no deja ningún punto de su enseñanza donde pueda darnos a entender lo que es básico para nuestra visión de discípulos donde no nos quede ninguna visión de nuestro servicio de servidores y testigos de él. Y muchas veces no deja de sorpren-den con el emboque de su enseñanza que corresponda a nuestra vocación testigos de él, para eso vino desde el Padre. Y ocupa el lugar donde se ha sentado para enseñar, la baqrca que le sirve de púlpito y la playa que el sirve de acústica. Y la parábola describe la siembra de las semillas, que caen en cuatro lugares diferentes, con los consiguientes resultados. Y en esos cuatro lugares de la semilla se centra, y ese es el objetivo de la parábola. Y se centra en los cuatro terrenos diferentes, las escena están dispuestas de manera diferente y progresiva y también optimista, para desembocar en la visión extraordinaria de la fructificación extraordinaria de la semilla.
El tema de la cosecha que es la imagen de los últimos tiempos, es tradicional en Israe, lo nuevo es la insistencia en las laborosas siembras que las preparan. Jesús, pues matiza y suaviza ligeramente el matiz escatológico de la venida del Reino, subrayando más bien las condiciones difíciles de su realización. Proclama la venida del Reino pero insiste en la lentitud de su instauración y la dificultas de la maduración. Jesús plantea el problema del fracaso y de la resistencia de los que se oponen a su mensaje; la ceguera de los escribas, entusiasmo superficial de las masas, la desconfianza de sus parientes, etc.
Pretende dar un sentido a esta incomprensión y lo descubre en la oposición entre el trabajo casi infructuoso del sembrador y la rica cosecha que se recogerá, en su tiempo oportuno. Jesús piensa en su misión difícil y la analiza a la luz del juicio que se acerca, concretamente este juicio se produce a través de la inteligencia que los discípulos parecen mostrar. La semilla finalmente dará su fruto abundante que Jesús espera, cuando los discípulos acepten su Palabra.
Pero la palabra comienza con pasajes tomados del libro de jeremías. Este, de una familia sacerdotal que moraba no lejos de Jerusalén, desarrolla su ministerio profético, durante un tiempo más dramático de la historia del reino de Judá: elo que va desde el i8ntenso reformador del rey Josías a la toma de Jerusalén, con la consiguiente deportaión a Babilonia, aproximadamente en los años 526-587 antes de Cristo.
Si bien no es posible la reconstrucción cronológica exacta de la vida de Jeremías, conocemos, no obstante, mucho de su trabajo interior y de su conciencia del ministerio profético que le había sido confiado, gracias a las páginas autográficas que se alteran, en el libro, con los oráculos y las narraciones. La vida misma del profeta tiene valor de oráculo: es palabra viva dirigida a Dios y a su pueblo, a fin de que se enmiende y vuelva a caminar por sus sendas.
El relato de la vocación del profeta, que abre ellibro y constituye el fragmento litúrgico de hoy, presenta elementos fundamentales característicos de us ministerio. La Palarba del Señor –central en la experiencia religiosa profética- llega a Jeremías y lo llama a una profunda y comprometida relación con ella (4-9), habituándolo para ser servidor autorizado de la misma, más allá de sus propias capacidades reconocidas (6).
Jeremías nno deberá temer ni la dura oposición ni la lucha que sostendrá para anunciar la Palabra de Dios: el Señor, que lo ama desde siempre, lo custodia, lo ha elegido (5), y lo sostendrá siempre y lo protegerá en su ardua misión (7ss). Se trata de una misión que no puede contar con el favor de los destinatarios, puesto que Jeremías estará obligado a anunciar, sobre todo, amenazas y castigos (10cd; ver capítulos 2-25. 46-51), tras los cuales será posible la reconstrucción (10e) ver capítulos 30-33).
En el capítulo 13 de Mateo encontramos 7 parábolas que tiene como objetivo el misterio del Reino de Dios. El evangelista sitúa este discurso –el tercero de los cinco con que estructura la predicación de Jesús- detrás de la crisis originadas por el conflicto que, poco a poco sea ido agudizando entre Jesús, por una parte, y los farisweos y maestros de la Ley, por otra. Un conflicto condensado en trono a las cuestiones de la observancia del sábado y el origen del poder milagroso de Jesús (Mateo 12,1-14,22-32).
Con la primera parábola propuesta en el fragmento litúrgico de hoy, llama Jesús la atención sobre una imagen bien conocida de la gente a la que está hablando, y que revela algo de su misma persona en relación con la con la Palabra que es él y que ha venido a anunciar. Así como “el sembrador” palestino esparce la semilla en la tierra sin escatimar, así también proclama Jesús la Palabra del Padre a todos, sin distinciones ni reservas. Es Palabra de vida y ha sido enviado por el Padre para que todos “tengan la vida en abundancia” (vean Juan 10,10). Ahora bien, del mismo modo que la semilla corre un suerte distinta según el terreno en el que cae, así también la Palabra recibe una acogida diferente según la disponibilidad del corazón de quien la escucha: la experiencia de la predicación realizada por Jesús hasta ahora lo confirma.
El relato de la parábola presenta una conclusión sorprendente, que es, a continuación, su mensaje central: el terrino fértil produce una cosecha abundantísima más allá de cualquier expectaiva razonable. De modo semejante ocurre con la Palabra anunciada por Jesús. Que, aunque no despierta el interés esperado e incluso encuentra oposición, tendrá una fecundidad extraordinaria, cosa comprensible sólo por quien tiene fe, por quien reonoce en el Evangelio de Jesús la voluntad del Padre y está dispuesto a acogerla y ponerla en práctica (ver Mateo 12,50.)
Me conmueve, Señor, tu ternura conmigo, la confianza que me demuestras y con la que me acompañas desde el primer momento en que comencé a existir. Me vienen a la mente las palabras del salmista: “tú conoces lo profundo de mi ser, nada mío te es desconocido cuando me iba formando en lo oculto y tejiendo en las honduras de la tierra” (Salmo 139,14-15). Gracias, Señor, por tanta atención: ése es tu estilo, tu modo de obrar. Ayúdame, a no olvidar cuando frente a ciertos acontecimientos de la vida, reacciono denunciando tu ausencia o incluso sintiéndote hostil.
Me tienes en tanta estima que me has llamado para colaborar contigo. Me confías lo más precioso que tienes, la Palabra, que está al comienzo de todo: de la creatura, de la redención, de la santificación. Perdóname, te lo ruego, la superficialidad con que me pongo ante tu don y ante la misión que me propones. Perdóname las incertidumbres y las resistencias. Estas expresan que vivo9 más replegado en mí mismo que “capturado” en mi corazón por la gran benevolencia que me muestras.

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