Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,18-26):
HOMILIA
Nos enfrentamos ante la situación donde se define en el pensamiento de Jesús la base que tiene la fe en la acción de sus seguidores, porque la fe salva y esto es lo requerido por el Reino. Jesús ve hoy en la actuación de la hemorroisa la esperanza para su Reino venidero, al curarla la reconoce como hija de Dos y el resultado de su curación es resultado directo de su Palabra.
Al finalizar su curación Jesús se dirige a la casa del funcionario de la sinagoga, pero lo espera una actitud de desconsuelo al ver a las ruidosos plañideras profesionales que se ríen burlonamente de él, ya que les dice que no está muerta, sino dormida. Eso quiere decir que Jesús les hace ver que despertará como de un sueño, lleno de fe, por eso el funcionario despide a la multitud y Jesús toma la mano de la niña y la devuelve a la vida. Y ambas actuaciones, la de la hemorroisa y la niña dormida de Jesús son signos de la vida ofrecida por el Reino de Dios.
El mensaje del evangelio de Mateo es claro, para que se sigan manifestando los signos del reino, el creyente debe tener una fe en Jesús como la que se manifiesta en estos dos personajes. Es la fe en Jesús que es lo que permite que Jesús intervenga y pueda realizar el milagro de curar y sanar.
A esta actitud nueva nos prepara la lectura del profeta Oseas. El escribe en un tiempo bastante florido para Israel, en tiempo del rey Jeroboán III (713-743 a de Cris-to).Es el tiempo florido desde el punto de la vida social, para Israel, aunque amenazado por la prostitución del pueblo, por los dioses cananeos de la sexualidad, de la fecundidad. La misma mujer del profeta lo abandona y se convierte en prostituta sagrada en un templo de Baal (todo visitante del templo la puede usar para honrar al dios Baal). Oseas, con la pena en el corazón traicionado porque ve en el adulterio de su mujer, al Israel que es que abandona al Dios de Israel.
Pero hay un elemento más importante en la vida del profeta, por voluntad de Dios, debe tomar consigo a su mujer infiel y comprende el autor sagrado que debe expresar, con su propia vida y con su escrito, el drama de un Dios hasta tal punto que mira a Israel que lo atrae de nuevo hacia sí para renovarlo en un encuentro de intimidad, pero es un pueblo nque sigue infiel a Dios. Los “viñedos”, los bienes perdidos por Israel cuando abandonó al Señor, él mismo Dios, -el esposo- devolverá otra vez a la amada que se convierte y vuelve a él.
Israel, yendo aún más allá, al fondo en la alianza nupcial con Dios, experimen-tará la transfiguración de las mismas experiencias, pero más dolorosas. Precisamente como el “el valle de Acor”, un oscuro y estrecho desfiladero que recordaba atroces experiencias de estragos (Josué 7,24ss), se convertirá en “puerta de esperanza”. Y será muy bello, dice Oseas, como el tiempo de la liberación de Egipto, dirigir cantos de amor a un Dios que desea cada vez más apasionadamente unir a la creación consigo, renovándola con sus dones nupciales.
Estos son la “justicia”, fuente de toda acción de Dios que une consigo a la esposa fiel; “el derecho”, que es defenderla del mal; “la ternura” y ese amor intenso y tiernísimo – en hebreo “rahamín”- que caracteriza las nuevas relaciones de Dios-Esposo con Isrel-Esposa, convertida en lo más profundo de su ser. De este modo es como la esposa “conocerá” a su Dios: no de modo formal, exterior sino en lo hondo del corazón.
El evangelio nos presenta dos hechos o episodios tan insertados entre sí que se revelan como dos aspectos de una misma realidad: la fe en Jesús que, si es auténtica, hace pasar de la muerte a la vida. Jairo, el jefe de la sinagoga de Cafarnaúm se postra ante Jesús en casa de Mateo precisamente cuando estaba hablando de bodas, de ropa nueva, de vino nuevo (9,6ss). En su discurso de vida se injerta la pena de quien acaba de ver morir a su hija de doce años (Lucas 8,42), la edad de las nupcias para los judíos. Jesús se dirige hacia la casa de la difunta cuando una mujer, que sufría hemorragias desde hacía doce años, le toca la franja de su manto, persuadida, por la fe, de que “tocarle” significaba salvarse. Y eso es precisamente lo que le oye decir al Señor: “Animo, hija, tu fe te ha salvado.” (22). Si perder sangre de continua simboliza la amenaza de muerte, la curación de la mujer es preludio de la victoria sobre la muerte que llevas a cabo Jesús enseguida en la casa de Jairo. Dice Jesús: “La niña no está muerta; está dormida.”
En efecto, allí donde se hace sitio a Jesús, que soportó la muerte por nosotros en su persona, y la “engulló con su resurrección (lea Corintios 15,55) la muerte corporal se convierte en “dormición”, y el dejarse “tocar” por Jesús se convierte en certeza de resurrección. La vida -como un caminar a la plenitud de las bodas de anor eterno, teniendo plena confianza en Jesús- encuentra en esta página un interpretación ejemplar. Vivir es caminar en la fe, en esa fe que, en concreto, es “tocar” y “dejarse tocar” por Jesús vivo en la Palabra, en la rucaristía y en el prójimo.
Esto nos lleva a pensart que los baales, los ídolos de la muerte denunciados por Oseas, también nos seducen hoy. Son el dinero, la ropa, el culto a la imagen, el sexo, el hedonismo y también ése sutil, aunque obstinado, dominio del “ego”, mediante el cual, incluso cuando hacemos el bien, nos buscamos más a nosotros mismos y nuestras propias gratificaciones que la gloria del Señor y la venida del Reino. Sin embargo, nuestro corazón está profundamente insatisfecho e inquieto. Es posible escucharlo mientras grita la desolación de su vacío, de ese adulterio que es dejar perder a Dios en el torbellino del activismo, en la carrera hacia la para prostituirse con algunos de los ídolos que hemos mencionado más arriba- Y es preciso que nos dejemos conducir con el Señor “al desierto”. Para ver con perspicacia que la idolatría del vivir comprometidos con las lógicas de este mundo no sólo es un insulto al Señor de la vida, sino también una progresiva pérdida de vida, como experimentaba la mujer antes de tocar la franja del vestido de Jesús, para todo esto, decíamos, resultan preciosos algunos momentos de meditación. Pero poco a poco se pierde el gusto por la oración, la alegría de hacer el bien, la sensibilidad de “hacerse prójimo.” Y, a lo largo se va apagando la vida espiritual. Hay muertos ambulantes con muchos activismo por dentro y apariencia -¡puede darse!- de bien.
Con todo es posible la salvación. Se llama Jesús. Este pide que le conozcamos, aunque en lo profundo del corazón: con ese conocimiento de la fe que es “tocarle” como la mujer del evangelio y “dejarse tocar” (coger por la mano) por él como la niña de doce años, que se levanta. Jesús es el esposo que libera a quien habita en las tinieblas (en el vacío) y en sombras de muerte (todo adulterio, prostitución a los ídolos). Con todo, es preciso entrar en contacto cpn él con una fe orante.
ORACION
Señor Jesús, el el Espíritu suscita en mí, la voluntad de tocarte y de ser tocado por ti, orando, recibiéndolo eucarísticamente vivo en la comunión, entrando en contacto con el prójimo con al conciencia de entrar en contacto contigo, entonces vencerá en mí el sentido de la perdida de las energías espirituales, la muerte que advierto si me separo de ti. Gracias a esta fe, al tocarte, te conozco matrimonialmente y experimento que en mi vida o todo se revela como muerte o todo –incluído el dolor- se transfigura y se convierte en ti.

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