Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



sábado, 24 de julio de 2010

TIEMPO ORDINARIO 24 DE JULIO, 2010

PALABRA DE VIDA
Lectura del libro de Jeremías (7,1-11):
Palabra del Señor que recibió Jeremías: «Ponte a la puerta del templo, y grita allí esta palabra: "¡Escucha, Judá, la palabra del Señor, los que entráis por esas puertas para adorar al Señor! Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, y habitaré con vosotros en este lugar. No os creáis seguros con palabras engañosas, repitiendo: 'Es el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor.' Si enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones, si juzgáis rectamente entre un hombre y su prójimo, si no explotáis al forastero, al huérfano y a la viuda, si no derramáis sangre inocente en este lugar, si no seguís a dioses extranjeros, para vuestro mal, entonces habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres, desde hace tanto tiempo y para siempre. Mirad: Vosotros os fiáis de palabras engañosas que no sirven de nada. ¿De modo que robáis, matáis, adulteráis, juráis en falso, quemáis incienso a Baal, seguís a dioses extranjeros y desconocidos, y después entráis a presentaros ante mí en este templo, que lleva mi nombre, y os decís: 'Estamos salvos', para seguir cometiendo esas abominaciones? ¿Creéis que es una cueva de bandidos este templo que lleva mi nombre? Atención, que yo lo he visto."» Oráculo del Señor.

Salmo 83,3.4.5-6a.8a.11
¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Hasta el gorrión ha encontrado una casa; y la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza; caminan de baluarte en baluarte. Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa, y prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,24-30):
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: "Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?" Él les dijo: "Un enemigo lo ha hecho." Los criados le preguntaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?" Pero él les respondió: "No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: 'Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.'»
HOMILIA

Jeremías 7, 1-11: ¿Creen que es una cueva de bandidos el templo que lleva mi nombre?
Salmo 83: ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mateo 13, 24-30: Dejen que crezcan juntos cizaña y trigo

Este pasaje nos adentra a una realidad que está presente en el ambiente de la siembra. Jesús continua de alguna manera con la parábola de la siembra y a partir de esta comparación, explica a sus discípulos, las dificultades que comporta la misión, la cizaña, como símbolo de todo lo que se opone al Reino y que está presente. Las semillas del trigo y de la cizaña crecen juntas en la realidad concreta del campo, se entremezclan sin diferencia alguna por eso hay que dejarla crecer una al lado de la otra, para evitar que al arrancar la cizaña se lleve también con ella el trigo, cuando germine el trigo la realidad será evidente, y la evidencia del fruto permitirá reconocer la diferencia. Dar fruto, o fructificar, en la mentalidad del evangelio, permite distinguir lo bueno de lo malo y la supremacía de lo uno sobre lo otro. Podríamos decir que la intención de la parábola es advertir que desde el principio que la mies mesiánica será cosechada en el día fijado. El evangelista Mateo le da al texto un tinte escatológico, porque la mención de la mies, orienta espontáneamente la atención hacia el pensamiento del juicio final, ideas que está reforzada con la alusión al fuego que quema o destruye la cizaña y al trigo que se recoge y se almacena en los graneros. Esto se constituye en dos ideas fundamentales que recorren de principio a fin toda la parábola: separación definitiva de los buenos y los malos, con el exterminio de estos últimos, y la alegría del pueblo elegido en torno al dueño de la mies. El mensaje de esta parábola invita a todos los oyentes a saber convivir con las dificultades y las situaciones poco agradables que encontramos en la vida, el permanecer fieles, finalmente será el gran signo de nuestra pertenencia al Reino.

La Palabra del Señor manda a Jeremías a la entrada del templo, lugar santo por excelencia por ser morada de Dios. El profeta condena la hipocresía de los que acercan por allí queriendo dar culto a Dios, mientras trasgreden sus mandamiento.

Nadie puede considerarse a salvo del castigo divino sólo porque entra en el templo y ofrece sacrificios, cuando, a renglón seguido, es injusto, mara, roba, comete adulterio, Jura en falso y mantiene una práctica sincretista de la fe (5-1). Ya es absurdo sólo pensar que dios puede mostrar connivencia con tales acciones abominables. El ve las obras que realiza cada uno. El templo es el lugar santo porque Dios está presente: quien entre en él debe vivir de manera conforme a esta santidad. Pero si alguien es malo, hace malo el lugar más santo, eso no puede dejar de merecer el castigo de Dios (11).
Suena de nuevo la llamada a la conversión. Consiste ésta en mejorar la propia conducta y sus propias acciones, es decir, en vivir según los mandamientos de Dios: juzgar según la justicia, establecer relaciones sociales equitativas y respetuosas con cada uno, abandonar todo compromiso con la idolatría (3-5).

La segunda parábola propuesta por Jesús presenta también una siembra llevada a cabo por dos sembradores. El primero siembre buena semilla, el otro siembra semillas de plantas nocivas que se mezclarán con el trigo. Jesús compara el Reino de Dios, por consiguiente, la Iglesia, que es su inicio, y en sentido amplio, toda la humanidad, con el campo en el que concibe la semilla y la cizaña. Si el instinto de los criados les lleva a eliminar de inmediato el elemento nocivo, la lógica del dueño es “diametralmente opuesta”. Jesús nos presenta de este modo el corazón de Dios: así como el dueño del campo deja que crezcan juntas nuevas y las nocivas, que sólo serán separadas en el tiempo de la siega para seguir una suerte diferente, así Dios tampoco interviene para desarraigar el mal que está presente en la Iglesia el mundo, en última instancia en el corazón del hombre, y sólo en el momento del juicio se hará evidente quien ha obrado mal. La acción del maligno, puesta ya de manifiesto en la explicación de la parábola del sembrador (Mateo 13,19) es acogida aquí en el despliegue de la historia.

Al exceso de celo de quien quisiera ver triunfar el bien y está dispuesto por ello a eliminar violentamente en nombre de Dios tanto el mal como al que lo hace, se contrapone la tolerancia del Padre, que, lejos de ser mero pacifismo o indiferencia, conoce los tiempos del crecimiento y el corazón de cada uno. Como cantaba ya estupefacto el autor del libro de la Sabiduría 11-23: “Tú tienes compasión de todos, porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan.”

A la mentalidad de los “puros” que no quieren entrar en contacto con los “impuros”, se contrapone la de Dios tres veces Santo, que ama al pecador, come con él, lo abraza y celebra una fiesta por el retorno a casa (Lucas 15,11-24).

Por eso dice Jeremías invitándonos a repetir con frecuencia y vivir la Palabra: “Tú lo ves todo, Señor.” (Jeremías 7,11)
ORACION

Haz, Señor, por medio de tu Espíritu, que yo comprenda lo que cuenta de verdad, a saber: que el bien se difunda, crezca y vigorice. Hazme comprender que el mal no se arranca a fuerza de juicios, que, en el fondo, no me cuesta nada pronunciar, sino empezando yo mismo a no darle cobijo en mi corazón. “Hacer el bien” es algo más que una intención piadosa: ayúdame, Señor, a mejorr la calidad de mis relaciones con los otros, a hacer transparente mis acciones y sincera mi profesión de fe. Junto a ti, Señor, “que yo te alabe con mi propia vida.”

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