Salmo 83,3.4.5-6a.8a.11
Lectura del santo evangelio según san Mateo (13,24-30):
Jeremías 7, 1-11: ¿Creen que es una cueva de bandidos el templo que lleva mi nombre?
Este pasaje nos adentra a una realidad que está presente en el ambiente de la siembra. Jesús continua de alguna manera con la parábola de la siembra y a partir de esta comparación, explica a sus discípulos, las dificultades que comporta la misión, la cizaña, como símbolo de todo lo que se opone al Reino y que está presente. Las semillas del trigo y de la cizaña crecen juntas en la realidad concreta del campo, se entremezclan sin diferencia alguna por eso hay que dejarla crecer una al lado de la otra, para evitar que al arrancar la cizaña se lleve también con ella el trigo, cuando germine el trigo la realidad será evidente, y la evidencia del fruto permitirá reconocer la diferencia. Dar fruto, o fructificar, en la mentalidad del evangelio, permite distinguir lo bueno de lo malo y la supremacía de lo uno sobre lo otro. Podríamos decir que la intención de la parábola es advertir que desde el principio que la mies mesiánica será cosechada en el día fijado. El evangelista Mateo le da al texto un tinte escatológico, porque la mención de la mies, orienta espontáneamente la atención hacia el pensamiento del juicio final, ideas que está reforzada con la alusión al fuego que quema o destruye la cizaña y al trigo que se recoge y se almacena en los graneros. Esto se constituye en dos ideas fundamentales que recorren de principio a fin toda la parábola: separación definitiva de los buenos y los malos, con el exterminio de estos últimos, y la alegría del pueblo elegido en torno al dueño de la mies. El mensaje de esta parábola invita a todos los oyentes a saber convivir con las dificultades y las situaciones poco agradables que encontramos en la vida, el permanecer fieles, finalmente será el gran signo de nuestra pertenencia al Reino.
La Palabra del Señor manda a Jeremías a la entrada del templo, lugar santo por excelencia por ser morada de Dios. El profeta condena la hipocresía de los que acercan por allí queriendo dar culto a Dios, mientras trasgreden sus mandamiento.
Nadie puede considerarse a salvo del castigo divino sólo porque entra en el templo y ofrece sacrificios, cuando, a renglón seguido, es injusto, mara, roba, comete adulterio, Jura en falso y mantiene una práctica sincretista de la fe (5-1). Ya es absurdo sólo pensar que dios puede mostrar connivencia con tales acciones abominables. El ve las obras que realiza cada uno. El templo es el lugar santo porque Dios está presente: quien entre en él debe vivir de manera conforme a esta santidad. Pero si alguien es malo, hace malo el lugar más santo, eso no puede dejar de merecer el castigo de Dios (11).
Suena de nuevo la llamada a la conversión. Consiste ésta en mejorar la propia conducta y sus propias acciones, es decir, en vivir según los mandamientos de Dios: juzgar según la justicia, establecer relaciones sociales equitativas y respetuosas con cada uno, abandonar todo compromiso con la idolatría (3-5).
La segunda parábola propuesta por Jesús presenta también una siembra llevada a cabo por dos sembradores. El primero siembre buena semilla, el otro siembra semillas de plantas nocivas que se mezclarán con el trigo. Jesús compara el Reino de Dios, por consiguiente, la Iglesia, que es su inicio, y en sentido amplio, toda la humanidad, con el campo en el que concibe la semilla y la cizaña. Si el instinto de los criados les lleva a eliminar de inmediato el elemento nocivo, la lógica del dueño es “diametralmente opuesta”. Jesús nos presenta de este modo el corazón de Dios: así como el dueño del campo deja que crezcan juntas nuevas y las nocivas, que sólo serán separadas en el tiempo de la siega para seguir una suerte diferente, así Dios tampoco interviene para desarraigar el mal que está presente en la Iglesia el mundo, en última instancia en el corazón del hombre, y sólo en el momento del juicio se hará evidente quien ha obrado mal. La acción del maligno, puesta ya de manifiesto en la explicación de la parábola del sembrador (Mateo 13,19) es acogida aquí en el despliegue de la historia.
Al exceso de celo de quien quisiera ver triunfar el bien y está dispuesto por ello a eliminar violentamente en nombre de Dios tanto el mal como al que lo hace, se contrapone la tolerancia del Padre, que, lejos de ser mero pacifismo o indiferencia, conoce los tiempos del crecimiento y el corazón de cada uno. Como cantaba ya estupefacto el autor del libro de la Sabiduría 11-23: “Tú tienes compasión de todos, porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan.”
A la mentalidad de los “puros” que no quieren entrar en contacto con los “impuros”, se contrapone la de Dios tres veces Santo, que ama al pecador, come con él, lo abraza y celebra una fiesta por el retorno a casa (Lucas 15,11-24).
Por eso dice Jeremías invitándonos a repetir con frecuencia y vivir la Palabra: “Tú lo ves todo, Señor.” (Jeremías 7,11)
Haz, Señor, por medio de tu Espíritu, que yo comprenda lo que cuenta de verdad, a saber: que el bien se difunda, crezca y vigorice. Hazme comprender que el mal no se arranca a fuerza de juicios, que, en el fondo, no me cuesta nada pronunciar, sino empezando yo mismo a no darle cobijo en mi corazón. “Hacer el bien” es algo más que una intención piadosa: ayúdame, Señor, a mejorr la calidad de mis relaciones con los otros, a hacer transparente mis acciones y sincera mi profesión de fe. Junto a ti, Señor, “que yo te alabe con mi propia vida.”

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