Salmo 32
Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,1-13):
La inminente llegada del reino de Dios no tiene un día, un lugar y una hora precisa. Sino que de cómo estar preparado para participar en él son explicadas en el evangelio de hoy por dos posibilidades y sus naturales consecuencias: quienes están preparados, no sólo están despiertos, sino que deben estar activos y tener un acumulado fruto de experiencia y también tener compromiso. La ora realidad está representada por la necesidad que se caracteriza por una actitud pasiva y desinteresada, que en cualquier momento es atacada por el sueño y fácilmente se puede quedar por fuera.
En los dos casos encontramos experiencias diferentes de asumir nuestro compromiso bautismal. Cuando lo somos sencillamente de nombre, no estamos preparados; entonces ante cualquier experiencia, podemos cambiar nuestras opciones o traicionar la radicalidad del compromiso cristiano. Otro camino radicalmente distinto es permanecer haciendo el bien con una fe activa, renovada, con compromisos reales, pequeños pero reales, en la que el fuego no se apague a pesar de las tempestades, la oscuridad y el cansancio.
Hoy descubrimos un mundo hostil que se empeña en eliminar la esperanza y someternos a la oscuridad del sinsentido. El fuego de nuestras lámparas tiene que arder, para dar luz y calor a nuestras luchas pequeñas, que se resisten a desaparecer tragadas por las tempestades liberales. Hoy aseguramos que celebramos porque queremos que el fuego de nuestras lámparas no se apaguen jamás porque estamos ahí vigilantes, alertas a la llegada de nuestro Señor.
Por eso Pablo nos anuncia, algo que nos parece una contradicción, que él no ha sido enviado a bautizar, sino a evangelizar (17). A decir esto, no pretende quitarle valor al bautismo, sólo insiste en que su vocación –lo que realiza su identidad en un proyecto divino- es la predicación del evangelio. Bautizar en el nombre de Jesús sin dárselo a conocer al bautizado es un absurdo.
Por otra parte, en el orden cronológico y de la gracia, la p0redicación precede a la fe y, por consiguiente, al bautismo (Romanos 10,14ss). Ahora bien ¿cómo predicar a Jesús? Pablo no lo hace con discurso de elocuente y penetrante sabiduría. Es posible que Pablo escriba aquí bajo la impresión del reciente “fracasado” de su predicación en el areópago de Atenas. La experiencia ha reforzado su convicción: predicar significa anunciar a Cristo crucificado, el único que nos da la salvación. La Palabra de Dios, sobre todo “la Palabra de la cruz”, es en sí mismo viva y eficaz (lee Hebreos 4,12), no tiene necesidad de apoyo humano; es más, es más la sabiduría humana corre el riesgo de oscurecerla, de amortiguar su fuerza cortante.
En el evangelio Jesús nos ofrece una parábola que pone de relieve los mismos temas tratados en la anterior parábola la del criado que cuida los dones de su señor, son las cinco vírgenes sensatas. Pero nos podemos encontrar con la reacción extremadamente severa y desproporcionada del esposo, la actitud poco caritativa de las vírgenes sensatas. Pero el sentido global es claro, se refiere a la comunidad primitiva en la que vivía Mateo.
Toda la Iglesia espera expectante la venida del Señor, invocando con insistencia “Maraná tha; ven, Señor”. Cuando en el corazón de la noche se eleva el grito: “Ya está ahí el esposo, salid a su encuentro” (6) los cristianos tienen que encontrarse preparados, no con las manos vacías, sino con la lámpara encendida con el aceite de las buenas obras realizadas con amor día tras día.
No basta con estar preparados físicamente, no basta con el simple hecho de ser creyentes para salvarse. “No el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en el cielo”. (Mateo 7,21. Cuando las vírgenes necias llamen a la puerta y griten “Señor, se{or, ábrenos” (11) recibirán a terrible respuesta: “Os aseguro que no os conozco”. (12) El esposo esperado puede revelarse un juez severo para quien tenga su amor apagado.
Señor, tú nos has prometido: “Pedid, y recibiréis; buscad y encontraréis, llamad y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, y el que busca encuentra, y al que llama le abren” (Mateo 7,7), ayúdame a buscarte. A buscar no tus milagros, no tus dones, sino a ti, Hijo de Dios, que por amor moriste en la cruz para salvarme a mí y a todos.
Haz que no deje nunca de buscarte, sino que al “buscarte te encuentre; y al encontrarte, y te busque aún más” (San Agustín). Haz que yo sienta también la invitación que dirigiste a tus primeros discípulos que te buscaban: “Venid y ved”. (Juan 1,39).
Y si, por motivos que sólo tú conoces, no quisieras que te encontrara enseguida, o debiera demorarse tu venida, haz que sepa velas pacientemente con las lámparas llenas de aceite. Cuando llames a mi puerta, haz que corra con solicitud a tu encuentro (Apocalipsis 3,20) y, cuando llame a tu puerta, ábreme.

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