19 Hubo un tiempo en que llevaron una vida desordenada e hicieron sus cuerpos esclavos de la impureza y del desorden, conviértanlos ahora en servidores de la justicia verdadera, para llegar a ser santos.
20 Cuando eran esclavos del pecado, se sentían muy libres respecto al camino de justicia. 21 Pero con todas esas cosas de las que ahora se avergüenzan, ¿cuál ha sido el fruto? Al final está la muerte.
22 Ahora, en cambio, siendo libres del pecado y sirviendo a Dios, trabajan para su propia santificación, y al final está la vida eterna.
23 El pecado paga un salario, y es la muerte. La vida eterna, en cambio, es el don de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor.
SALMO 1,1-4,6
3 Es como árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y tiene su follaje siempre verde. Todo lo que él hace le resulta. 4 No sucede así con los impíos: son como paja llevada por el viento.
6 El Señor cuida el camino de los justos, pero el camino de los malos lleva al desastre.
50 Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!
51 ¿Creen ustedes que he venido para establecer la paz en la tierra? Les digo que no; más bien he venido a traer división. 52 Pues de ahora en adelante hasta en una casa de cinco personas habrá división: tres contra dos y dos contra tres.
53 El padre estará contra del hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»
HOMILIA
Una de las experiencias místicas más frecuentes entre los santos es la del divino amor que los consume. Ellos sienten la pasión por Dios como un fuego abrasador que hace arder su pensamiento y sus entrañas. Ese fuego los impele a llevar el Evangelio a los confines más distantes de los grandes centros del planeta, y a ofrecer una voz de esperanza en los ambientes más inhóspitos y descreídos. Ese fuego, sin embargo, tiene que resistir la prueba del agua; por eso el texto nos habla de un bautismo. Jesús sabe que su misión no se habrá cumplido hasta que él se sumerja por completo en la miseria humana. De lo contrario ¿qué redimiría? Sí; un fuego a prueba de agua. Un fuego que sea capaz de sobrevivir al antagonismo más adverso. Y al mismo tiempo, un fuego que sea capaz de exigir a la persona que elija una opción: o bien a favor de la causa del reino, o bien en contra de él. No queda espacio para las medias tintas o los cambalaches. O damos el salto hacia el lado del reino, o lo damos hacia el mundo de la violencia, la injusticia y la alienación degradante.
“He venido a traer fuego a la tierra” (49) y el tono delo discurso es autográfico. Esto significa que para poder elegir qué hacer y cómo vivir es necesario antes que nada, resolver el problema de la identidad de Jesús: quien no le reconozca en su verdadera identidad no podrá llegar a cabo decisiones dignas del seguimiento de Jesús. “Un fuego… un bautismo…” (49ss): no se trata de del fuego del Espíritu Santo, nio siquiera del fuego del juicio, sino del vivo deseo que alimenta Jesús de pasar por el fuego purificador de su pasión y muerte. Igualmente, Jesús desea pasar a través de ese bautismo de su bautismo de sangre que será su sacrificio en la cruz. Desde esta perspectiva, las imágenes del fuego y del bautismo nos proyectan hacia el final de la vida terrena de Jesús y hasta la cima de su misterio, que culminará con la entrega total de sí mismo al Padre por amor a nosotros.
Por eso, se nos repite con frecuencia y vivir hoy la Palabra: “Ahora, en cambio, he3mos sido liberados del pecado y convertidos en siervos de Dios. (Romanos 6,22)
Cuando todos éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.”(Romanos 5,8) Si el amor cristianos tiende a la imitación de Cristo, esta verdad primordial sobre la que se fundamenta todo el cristianismo9 no puede ser ignorado. El “prójimo”, el más cercano a Cristo, es el más alejado. El Señor nos hace advertir, en el marco inequívoco que nos proporciona del juicio final. (Mateo 25) que detrás de este “alejado” que tiene hambre y sed, que está desnudo, enfermo, prisionero, es a él a quien encontramos, escondido a pesar de ser de ser alcanzado, sin ser notado a pesar de ser experimentado en verdad. El amor no puede amar más que el amor. Cuando el Hijo pasa del Padre al mundo, no puede amar más que a Dios. Al amor cristiano no se le pide ciertamente descubrir a Cristo. Basta con que el cristiano ame a su hermano junto con Cristo: así lo amará con referencia al Padre.
ORACION
Tu bautismo en el Jordán, Señor Jesús, me ha revelado el alcance de tu amor: El Hijo de Dios, nacido por nosotros. Tu bautismo de angre, Señor, me ha redimido por tu amor: el fuego purificador de mis culpas.
Tu resurrección, Señor, me ha mostrado el poder de tu amor: promesa consoladora de vida eterna. Tu ascensión, Señor, me ha asegurado la plenitud de tu amor: respiración vital y recreadora. Tu pentecostés, Señor, me inunda de tu amor: certeza perenne de luz y de calor.
Oh Señor : renueva la faz de la tierra, y también mi vida.

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