¿Por qué orar?
Los niños se quedan fascinados con historias acerca de varitas mágicas. No sería maravilloso, piensan, algo tan simple como agiar la varita mágica y conseguir lo que uno quiere. Una de las dificultades que muchos tienen para aprender a rezar es que confunden la oración con una varita mágica: “Basta rezar y ya conseguirás lo que pides” y esto es una de las versiones de una mirada mágica sobre la oración. Y otra es: “reza y entenderás todo correctamente.”
En el evangelio vemos a Jesús que pasa la noche en oración antes de elegir a los doce apóstoles. Todos pensamos que Jesús hubiera hecho una mejor elección al elegir el primero, a Simón a quien llamó, Pedro, y que iba un día a decir: “que nunca había oído hablar de Jesús…” o al último, Judas Iscariote, que lo traicionó a las autoridades, y todo el resto que huyeron en un momento crítico y lo abandonaron.
Hay dos cosas que tenemos que decir acerca de esto. Primero, el hecho de que la oración lo guió a elegir a personas débiles, como nosotros, podían dar una cierta esperanza. Y segundo, como lo vemos después de la resurrección, lo que aparecía un grupo no muy cohesivo, todos ellos hicieron grandes cosas. ¿Quién lo hubiera pensado?
Oración no es una palabra mágica. No es algo que pensamos que nos va a dar lo que pedimos si perseveramos en orar, ni tampoco la seguridad de que no cometeremos ningún error, si oramos. Lo único que sabemos es que fuimos llamados a orar, a veces en la oscuridad, al gastar nuestras vidas creando esta preciosa relación con Dios y con Jesús.
En la carta a los colosenses, Pablo habla hoy “de potencias cósmicas” (8) y “de principados y potestades” (10) Pablo se opone a esto, porque Cristo es suficiente para la salvación. En Cristo resucitado se junta todo el mundo divino y el mundo creado, es decir, la humanidad, el universo y Dios. Cristo, afirma Pablo, no tiene necesidad de “ser completado”, porque tiene el poder y control sobre todo. Y no sólo esto, el cristiano, por el bautismo participa del triunfo de Cristo muerto y resucitado: triunfo sobre la muerte y sobre toda otra fuerza, él las llama, “potencias cósmicas” consideradas por algunos influyentes e importantes. Cristo suprime con la cruz la antigua ley y obliga a estas potencias a seguir su cortejo triunfal. Con esto Pblo declara que Cristo basta para la salvación, y que todas las fuerzas, ya sean espirituales o materiales están bajo su dominio y ya no pueden perjudicarnos.
En en evangelio, veíamos ayer cómo los judíos traman eliminarlo, pero él prepara su respuesta, pensado y proveyendo a los continuares de su obra, hoy los nombra uno por uno, después de orar. Es decir es importante el hecho de que Jesús ore antes de elegirlos. Es él quien los elige con toda libertad. Les da el nombre de “apóstoles, es decir, “enviados”; los escoge primero para enviarlos después. Los llama a él para introducirlos a la muchedumbre. Los separa, pero para destinarlos justamente a esa multitud.
Luego comienza el discuso, que Lucas llama de la “llanura” y Mateo “del monte.” El gentío acude para escucharlo y también para que los cure de sus enfermedades y los libere de “espíritus inmundos”. La humanidad que sufre es la que se siente más interesada en la acción del profeta de Nazaret. Jesús no es sólo el maestro, es alguien el que cura, un médico. Es médico de todo hombre, de su cuerpo atormentado y de su espíritu angustiado.
Podemos unir las dos lecturas: Las afirmaciones de Pablo son claras: debemos poner nuestra confianza en Jesús, el Señor, que vence y domina todas las fuerzas. Hoy aparecen, como ayer, de nuevo en la mentalidad corriente, la astrología, la búsqueda de santeros, magos, remedios contra el mal de ojos, la brujería, cosas pque parecía abandonadas. En la conciencia de muchos creyentes está la convicción de que actúan fuerzas oscuras, misteriosas, amenazadoras, que deben ser exorcizadas. Y van a personas dotadas “de fuerzas especiales” para combatirlas o hacen del sacerdote un mago, un santero. La causa de todo esto, el debilitamiento de la fe en Señor Jesús. Pablo nos invita a vivir “enraizado y cimentados” en el Señor, “permaniendo firmes en la fe”. . Cristo es el Señor y lo decimos cada vez que profesamos la fe, desde el bautismo: “renuncio a Satanás” para adherirme sólo a Cristo.
En el evangelio se nos dice que la misión de los cristianos no es contribuir a la solución de las penas y tribulaciones sino a identificar y anunciar los caminos por donde Jesús está guiando al pueblo de Dios, liberándolo de la esclavitud a una nueva libertad. Debemos ser teólogos, los que leemos todo a la luz de la Palabra, personas que conozcamos el corazón de Dios y que estemos preparados por medio de la oración, la meditación y la contemplación, para manifestar la tarea salvadora de Dios en medio de los acontecimientos aparentemente fortuitos de nuestra tiempo. El cristiano, dicen Cristo y Pablo hoy, deben ser conscientes de que Dios nos guía con cariño para hacernos escuchar su voz y ser transfromados por esa voz y ser animados y consolados por ella y hacer lo mismo por los demás.
ORA Y REFLEXIONA: repite con frecuencia y vive la Palabra de Dios, el salmo de hoy: “El Señor es bueno con todos…” (Salmo 144).
Padre, enséñanos a orar como Jesús enseñó a sus discípulos. Haz que la oración nos permita ver a las personas como Cristo las vio y haznos canales de tu curación y salvación para nuestro mundo. Amén

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