Jueves, 6 de junio del 2007
La práctica hace las cosas perfectas.
Estamos tan acostumbrados a ver televisión que ya no distinguimos entre la ficción y la vida real. Nos encontramos con programas donde alguien se pelea con alguien; otro que trata de cambiar la vida de su vecino, personas que trata de ser mejor que las otras, o personas que movidos por el remordimiento tratan de suicidarse. Por otro lado, en la vida real tenemos que sufrir la música estridente que sale del apartamento de al lado, los gritos de los niños, los vecinos que hablan a gritos en la entrada del edificio o por otro lado el vecino que viene a pedirnos algo que necesita en el momento o que nos comenta lo que vio en la TV o leyó en el diario del día. Cosa que nosotros hemos visto y oído ya. Y la pregunta surge en nosotros ¿y amamos al prójimo como a nosotros mismos.
Un escritor como C.S. Lewis nos aconseja, que no perdamos tiempo en preocuparnos si amamos o no al vecino. Lo que debemos hacer, dice, es actuar como si en realidad amamos al vecino. Cuando actuamos así llegamos a amarlo. Si ofendemos a alguien que nos disgusta acabamos pensando que cada día nos gusta menos.
A veces nos llenamos de teorías, cuando estamos llamados a tomar las cosas en serio y actuar de acuerdo a esa seriedad. No nos damos cuenta lo maravilloso que es ver como el amor puesto en acción nos transforma en personas amorosas. Pero tenemos dar que el salto, no solo pensarlo, sino hacerlo.
Las aventuras que leemos en el libro de Tobías, unas agradables, otras repletas de humor y otras repetidas siguen el ritmo de largas oraciones, que revelan tal vez más que otras páginas, la verdadera enseñanza del libro.
Hoy encontramos dos oraciones, una breve, que acompaña la celebración del matrimonio y la otra más larga que es la oración de los esposo. La cele-bración del matrimonio es sencilla, Raguel, el padre: “Tomando la mano derecha de su hija, la puso en la mano derecha de Tobías, diciendo: “El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y de Jacob esté con vosotros, que él os une y los llene de bendiciones….” Sorprende que el matrimonio no sea en el templo o en la sinagoga sino en la casa, no hay sacerdote ni un ritual litúrgico. Sin embargo el matrimonio es vivido como un acontecimiento profundamente religioso, en el se renueva la acción de Dios. El valor religioso no se añade al matrimonio desde el exterior, sino brota de su misma estructura creacional: el amor humano es el lugar del Amor de Dios.
Una vez solos, los esposos oran y eso es algo importante: la comunidad familiar es una comunidad de amor pero también de oración. Los esposos no están nunca solos, porque Dios está siempre con ellos. El proyecto no es suyo, sino de Dios. No se puede excluir a Dios de la relación matrimonial, ni de la relación de amistad, ni del proyecto de vida. Pero además de que rezan es interesante el cómo rezan. Se trata de una oración que pide, como es justo: la salvación y que su amistad dure hasta la vejez, y recuerdan lo que Dios realizó desde el principio de la creación. Para la Biblia el significado profunda de una cosa se encuentra en su origen. Fue en la primera pareja que Dios creó la orientación esencial y perenne del matrimonio, que es ante todo el amor, pero no solo en amor entre ambos, sino que Dios lo ha hecho nacer, y es un don: “Tú hiciste a Adán del barro de la tierra y le diste a Eva como ayuda…” (8,8) y es distinto a la simple pasión: “Si yo me caso con esta hija de Israel, no es para satisfacer mis pasiones…” (8,9) E incluye el deseo natural de los hijos, la pareja está constituida para convertirse en familia: los hijos no son para los padres, son para el Señor: “Fundar una familia, en la que se bendiga tu nombre por siempre….”
Jesús viene a iluminar el amor y a indicar su centro y esencia. Por eso Jesús responde a la pregunta del maestro de la Ley con dos textos uno del Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, tu alma y tus fuerzas…” y un texto del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo…” No nos perdamos en teorías, porque la voluntad de Dios es simple y clara: amar a Dios y a los hombres. No nos perdamos en discusiones inútiles, el centro es el amor. Jesús dice que el mandamiento no es uno solo sino dos unidos, como las dos caras de una misma realidad, dos amores, a Dios y al prójimo, como la medida de la verdadera fe y la genialidad cristiana. No se puede apartar de Dios para amar a los hombres ni apartarse de los hombres para amar a Dios. Donde se separan los dos hay idolatría y falsedad. Y hay un vínculo para esto: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios es el único Señor.” La afirmación de que Dios es único es la base de donde brota el deber de amarle con dos cualidades: la totalidad: Dios es el único Señor, y segundo la gratitud: Dios es nuestro Señor. Se sigue otra consecuencia, si es verdad que todo pertenece a Dios, tam-bién es verdad que Dios pertenece al hombre. Los dos amores están unidos, el uno es prueba del otro.. La medida de nuestro amar a Dios es la totalidad, la medida del amor, la medida del amor al prójimo, no. El prójimo no es el Señor, no es la razón última de nuestra búsqueda.
ORA Y REFELXIONA, repite con frecuencia y vive la Palabra: “Dichosos los que temen al Señor…” (salmo 127)
ORACION
Señor, tú sabes, que a veces dejamos de amar por enojo, orgullo y a veces porque no sentimos avergonzados de hacerlo o nos parece ridículo. Pero tú nos has llamado a amar y nos dejaste un ejemplo en la manera que amaste a todos. Ayúdanos a no temer seguir tu ejemplo. Amén.

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