LECTURAS
Tobías 1,3 y 2,1-6
3 Yo, Tobit, he andado siempre por los caminos de la verdad. He hecho el bien todos los días de mi vida. He dado muchas limosnas a mis hermanos y a aquellos de mi pueblo que fueron llevados junto conmigo a Nínive, en el país de los Asirios.
1 Bajo el reinado de Asarjadón, volví pues a mi casa y me reuní con mi mujer Ana y con mi hijo Tobías. Para la fiesta de Pentecostés, la fiesta de las Semanas, se hace una gran cena. Me recosté para comer, me acercaron la mesa con muchos platos. 2 Dije entonces a mi hijo Tobías: «¡Hijo mío, anda a ver si encuentras entre nuestros hermanos exiliados en Nínive a algún pobre que se acuerde de Dios con todo su corazón, y tráemelo para que comparta conmigo esta comida. Te esperaré, hijo, hasta que regreses!”
3 Salió Tobías en busca de un pobre entre nuestros hermanos, y al regresar dijo: «Papá, acaban de asesinar a uno de nuestra raza. Lo estrangularon, lo dejaron tendido en la plaza del mercado y allí está todavía». 4 Dejé mi comida sin tocarla siquiera; de un salto saqué al hombre de la plaza y lo dejé en una pieza esperando la puesta del sol para enterrarlo. 5 Luego regresé, me lavé y comí mi pan en medio de lágrimas.
6 Me acordé de las palabras del profeta Amós, con respecto a Betel: «Sus fiestas se transformarán en luto y todos sus cantos en lamentaciones».
7 Lloré y cuando se entró el sol, fui a hacer un hoyo y lo enterré. 8 Mis vecinos decían burlándose: «¿Y todavía no tiene miedo? ¡Ya tuvo que huir una vez, y de nuevo entierra a los muertos!»
Salmo 111, 1-6
1 ¡Aleluya!
1 ¡Feliz el hombre que teme al Señor
1 y valora mucho sus mandamientos!
2 Su semilla será pujante en el país,
2 los retoños del hombre bueno serán benditos.
3 Habrá en su casa bienes y riquezas,
3 y su honradez, que durará para siempre.
4 Brilla como luz en las tinieblas
4 para los de recto corazón;
4 él comprende, es clemente y justo.
5 Le va bien al compasivo y que presta,
5 y lleva sus negocios en conciencia,
6 pues nada logrará perturbarlo:
6 el recuerdo del justo será eterno.
Evangelio: Marcos 12,1-12
1 Jesús entonces les dirigió estas parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y construyó una casa para el celador. La alquiló después a unos trabajadores y se marchó al extranjero.
2 A su debido tiempo envió a un sirviente para pedir a los viñadores la parte de los frutos que le correspondían. 3 Pero ellos lo tomaron, lo apalearon y lo despacharon con las manos vacías. 4 Envió de nuevo a otro servidor, y a éste lo hirieron en la cabeza y lo insultaron. 5 Mandó a un tercero, y a éste lo mataron. Y envió a muchos otros, pero a unos los hirieron y a otros los mataron.
6 Todavía le quedaba uno: ése era su hijo muy querido. Lo mandó por último, pensando: «A mi hijo lo respetarán.»
7 Pero los viñadores se dijeron entre sí: «Este es el heredero, la viña será para él; matémosle y así nos quedaremos con la propiedad.» 8 Tomaron al hijo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. 9 Ahora bien, ¿qué va a hacer el dueño de la viña? Vendrá, matará a esos trabajadores y entregará la viña a otros.»
10 Y Jesús añadió: «¿No han leído el pasaje de la Escritura que dice: La piedra que rechazaron los constructores ha llegado a ser la piedra principal del edificio. 11 Esta es la obra del Señor, y nos dejó maravillados?»
12 Los jefes querían apresar a Jesús, pero tuvieron miedo al pueblo; habían entendido muy bien que la parábola se refería a ellos. Lo dejaron allí y se fueron.

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