Viernes, 8 de junio del 2007
Lecturas: Tobías 11,5-17; Salmo 145,1-2,7-10; Marcos 12,35-37
La mejor medicina
Cuando un perro quiere cazar su cola tiene un problema. Dando vueltas en círculo, siempre su cola está fuera de su alcance y el perro termina cansado y mareado. Y nosotros tenemos un problema similar si pretendemos buscar el sentido de las palabras en el evangelio de hoy. Porque tenemos un problema al leer, si pretendemos interpretar su sentido, y hacer un ineficaz juego mental como los escribas y los saduceos.
Jesús está hablando de la identidad del Mesías, en otros palabras, de él mismo. Los judíos creían que el Mesías vendría de la familia de David. Pero Jesús sin embargo parece decir que esto no tiene sentido porque las Escrituras citan a David llamando al Mesías “su Señor…” y no “su hijo.” Pero sabemos que Jesús era ambas cosas, entonces ¿por qué argumenta contra él mismo? Y esto nos deja perplejos.
La respuesta está en que la multitud se deleita escuchándolo. Y el pasaje se llena de vida al pensar que Jesús hace sonreír a la gente. Este Jesús, el comediante, que pone en aprietos a las autoridades, dándoles vuelta el sartén, como dice el refrán, mostrándoles el sin sentido de sus argumentos, cazando sus colas, si usamos la imagen del perro. De repente el lenguaje se suaviza. Tal vez este pasaje de Marcos nos hace ver lo admirable de este hombre caris-mático, una figura pública que puede exasperar, confundir, hacer enojar y al mismo tiempo entretener a la multitud.
La historia del libro de Tobías que nos ofrece la liturgia de hoy es una historia edificante, hermosa, pero que el lector puede objetar que no siempre sucede así en la vida. La Biblia es un libro sincero, a veces incluso rudo, pero lleno de preguntas inquietantes. No es como esos libros edificantes en los que salen bien los hombres, pero no siempre ese ése el modo de manifestarse de Dios. Con todo en la Biblia, como sucede en el libro de Tobías hay páginas esplendidas de la acción de Dios, lecturas edificantes. No constituyen el corazón del discurso bíblico pero lo embellecen. También las páginas edificantes tienen su verdad y su poesía. No siempre captan la vida en lo que tiene de problemático, pero sí dicen, ciertamente cómo lo quisiéramos. También el soñar puede tomar parte de una auténtica relación con el mundo y con Dios, y tanto más por el hecho de que también es verdad, si se tiene la mirada de la fe, que Dios hará que las cuentas salgan bien. Tal vez no a nuestra manera, quizás no siguiendo nuestros tiempos, pero es seguro que saldrán. El cristiano sabe que las cuentas no han de salir, necesariamente, en este mundo.
Pero volvamos al texto que hemos leído. Su primera característica es la alegría, alegría coral de una familia, que explota cuando el hijo que se ha ido lejos vuelve y cuando el anciano padre se cura. Se trata de una alegría sana, humanísima, que se expresa con lágrimas de alegría, con abrazos afectuosos y, lo más importante, con la oración de agradecimiento al Señor. También hay un mensaje muy sutil y humano y consolador: el Señor pone a prueba pero no para castigar, no para destruir, sino siempre y sólo para purificar y dar más.
En el debate de Jesús, llama la atención que es él el primero que ataca. Ya no son los otros lo que lo interrogan, sino él quien plantea al pregunta. Se trata de una pregunta decisiva, que no se pierde en cosas secundarias, sino va al centro de la fe cristiana: ¿quién es Jesús? Ya ha sido planteada en Marcos 8,22ss, pero allí sólo a los discípulos; ahora la hace a todos, especialmente a los maestros de la Ley y a los fariseos. Y la plantea en el templo, en el corazón del judaísmo.
Seguimos estando en el terreno de las Escrituras. EL Mesías no puede ser simplemente el hijo de David, dado que David lo llama “mi Señor” en el salmo 110. La argumentación es clara. Pero ¿qué hay detrás de la pregunta? ¿Por qué es tan importante? Porque la expresión “hijo de David” era un título mesiánico que no sólo evocaba el origen del Mesías, de la familia de David, sino también un proyecto mesiánico (la restauración religiosa y política) que habría llevado a Israel al esplendor de los tiempos de David. Lo que está en juego, por lo tanto, no es sólo si Jesús es el Mesías e Hijo, sino qué Mesías y qué Hijo.
El mensaje de hoy, nos llega porque la historia de Tobías llega a su fin, Ana busca en el horizonte y percibe unas figuras que se acercan. Su corazón reconoce a su hijo. Y se pone en marcha todo un movimiento de alegría: Ana corre, corre el ciego Tobías, corre también el perro moviendo la cola, participa en la fiesta de estos pobres de Israel que ven colmadas, por encima de toda esperanza, sus expectativas. Tobías, el joven, vuelve con Sana liberada del espíritu maligno, Tobías, el viejo, recobra la vista y el canto de gratitud: “Ten bendigo Señor, Dios de Israel, que si antes me castigaste, ahora me has salvado…”
Bendecir y darle gracias a Dios en su Providencia, es porque hemos dejado a Dios querer y hacer lo que plazca en nosotros, desviar nuestro corazón de las penas inevitables de la vida y poner atención a la bondad y dulzura divina. El amor es más fuerte que la muerte para hacer que lo dejemos todo, pero es magnífico como la resurrección, para revestirnos de gloria y de honor como su Hijo.
ORA Y REFLEXIONA, repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Te bendigo, Señor, Dios de Israel, que si antes me castigaste ahora me has salvado….” (Tobías 11,17)
ORACION
Señor, hay momentos en que tomamos la vida demasiado en serio. Ayúdanos a alegrarnos en tu creación, como tú lo hiciste. Muéstranos cuando tenemos que tomar la cosas con sonrisa y paz, y alegrarnos de la vida con una sonrisa. Amén

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