Caminando con Dios
Cualquier inconveniente en el sistema de trenes nos afecta, porque siempre estamos apurados por llegar a destino. Los viajes siempre nos agregan un poco de stress, y nos hacen ver las cosas de una manera diferente. Fijé-monos en las reacciones que tenemos ante cosas, a veces pequeños incon-venientes, mientras vamos a nuestros destinos.
La primera lectura, comienza con la historia de Abram. Fíjense que el Génesis dice hoy Abram y no Abrahán. Y vamos a caminar con Abram por dos semanas. Y es una historia extraordinaria, por será bueno que nos sentemos esta semana y leamos la historia de este hombre en Génesis del capítulo 12 al 25. No nos va a tomar mucho tiempo. En la lectura de hoy, el patriarca es llamado a abandonar su tierra y todo lo que le es familiar, a una edad en que la mayoría de la gente se sentaría a descansar y bien cómodos. El deja la tierra más fértil del Medio Oriente y termina en el desierto. Pero sin esta partida espectacular Abram no hubiera sido la persona que Dios tenía en la mente.
Cuando Dios nos llama a movernos, el efecto de esta partida es que nos hace ver las cosas de una manera diferente. Por eso el evangelio hoy nos invita a hacer un viaje interior, a reconocer, a movernos desde nuestra propia cerrazón de mente. ¿Estamos preparados para hacer este viaje que nos invita el Señor.
Dios es el gran protagonista en la historia que leemos hoy y que contiene la palabra fundadora de la salvación. “Sal” al pie de la letra significa “vete.” Y “por la fe Abrahán, obediente a la llamada divina, salió hacia una tierra que iba a recibir en posesión, y salió sin saber a dónde iba…” dice la Carta a los Hebreos (11,8)
Hay toda un plan en la historia: la orden de Dios (1-3), su ejecución (4ss) y una ampliación del viaje que conduce a una nueva revelación de Dios mismo (6-9). Las orden suscita una respuesta libre por parte de Abram. La Biblia no dice el porqué de tal elección, ésta es insondable, como el plan de Dios. Israel va a reflexionar sobre esta llamada que asocia a Abrahán con los grandes mediadores y profetas y que le convierte en el prototipo de todo creyente. “El Señor se fijó en vosotros y os eligió… por el amor que les tiene…” (Deuteronomio 7,7ss). No hay que preguntarse sobre esta elección basada en el amor, sino responder a ella también con amor. El autor narra lo acontecido a Abram, que como nómade hubiera encontrado normal emigrar a otros lugares, pero “su salida” es leída y expresada como una gran carga de evocación simbólica, que convierte su “éxodo” en la totalidad de la expresión humana, en el encuentro con Dios vivo que le pide el abandono de toda seguridad humana.
No importa que se trate de dejar la opresora esclavitud de Egipto o la vida fácil en Babilonia; al llamado se le pide que “salga.” El autor siente a Abram como contemporáneo suyo, como nosotros podemos sentirlo también hoy.
Junto a la orden está “la promesa de Yavé." El término bendición repetirá cinco veces, hoy, se refiere a Abram pero alcanza a su descendencia y llega a todos los pueblos de la tierra. Lo que los constructores de la torre de Babel habían intentado construir en vano aquí, se ofrece de una manera gratuita. Dios está completamente de parte de Abram, les dice: “bendeciré a los que ten bendigan y maldeciré a los que te maldigan…” Y será para todos los pueblos de la tierra, en efecto esa promesa tendrá su pleno cumplimiento en Cristo, el hijo de Abrahán. Este pasa por la tierra ocupada por habitantes ricos y poderosos y concluirá en el desierto del Negueb, tierra árida, sin vida, donde se establece, apoyado solo en la Palabra que le pide que espere contra toda esperanza.
El texto evangélico comienza con una orden: “No juzguéis…” o dicho de otra manera “Dejad de juzgar…” Todo nace de la oración que nos enseñó, la oración filial, el Padrenuestro. Nos invita a abandonarnos a él confiados en su providencia fraternal… Lo de la paja y la viga nos dice que no podemos comprender a otros si estamos llenos de prejuicios… nos mostramos hipócritas y falsos cuando, cegados por nuestros vicios, es decir, nuestras críticas, juicios temerarios, pretendemos ver bien para corregir un defecto leve de nuestros hermanos. Ser Hijos del Padre de la luz nos pone al descubierto, pues no queda espacio para ninguna tiniebla.
Las lecturas que nos ofrece la liturgia empiezan ambos con una orden: “Sal…” y “No juzguéis…” A la primera va unida la promesa de una tierra, a la segunda, el no ser a nuestra vez juzgados. La relación entre ambas está en las palabras de Jesús: “Abrahán sólo con el pensamiento de que iba a ver la vida; lo vio y se llenó de gozo…” (Juan 8,56), es la tierra del amor perfecto, ésta en la que sólo puede darse a través del reconocimiento del Padre de Jesús, que nos hace a todos hermanos. Todo acto de desamor respecto a los otros nos perjudica a nosotros y a ellos, porque niega nuestra recíproca fraternidad basada en que somos hijos de Dios. El acto de no juzgar nos hace dar un gran paso, gigantesco en dirección a esa tierra prometida a la que nos conduce las más humildes manifestaciones de delicadeza, de amor y respeto por los her-manos. EL Señor no llama a desarraigarnos, a salir de nosotros mismos, sólo para que le encontremos, pero mientras dure nuestra peregrinación en la tierra sólo podemos verle en esas imágenes suyas que son nuestros hermanos.
ORA Y REFLEXIONA, repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “No juzguéis, para que Dios no os juzgue…” (Mateo 7,1)
ORACION
Dios y Padre amoroso, das la capacidad de escuchar tu invitación a “salir” y el decisión de aceptar la invitación. Aunque no sabemos donde nos conduces sabemos que podemos contar en la confianza en tu mano que nos guía. Amén.

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