Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



martes, 3 de julio de 2007

HOMILIA Y ORACION

Fiesta de Santo Tomás, Apóstol

Ver y creer.

La ciudad de Regensburg en Alemania en el 2006 fue el lugar donde el papa Benedicto XI dio una charla que desagradó a los musulmanes. Y el furor que siguió a éste fue, como sucede a veces, que al malentender sus palabras, no se prestó atención a lo que el Papa quería decir. El había hablado de lo razonable que es la fe. Para muchos en Occidente la religión es algo supersticioso, y la fe es algo que atenta contra la razón. Y hoy la fiesta de Santo Tomás presta atención a este punto.

Es lo más lógico que Tomás preguntara a sus amigos por pruebas de que Jesús había resucitado de entre los muertos. Porque la afirmación que ellos hacen es enorme y las consecuencias más tremendas aún. Tomás no ha visto las marcas de las crucifixión en el cuerpo de Jesús, y las quiere ver. Y él no es irrazonable. Y Jesús responde a su pedido: “Mete los dedos aquí y mira mis manos…” El le ofrece su prueba a Tomás y a los demás apóstoles. Y en este testimonio se basa la fe de la Iglesia. Luego Jesús habla de la fe que otros tendrán en él. Es la fe basada en el testimonio de los apóstoles. Es la fe basada en la palabra de los Evangelios. Es la verdad del Evangelio: “Felices los que sin haber visto han creído…” dice Jesús. Hay otras maneras de ver, más que ver con los ojos del cuerpo. Podemos “ver” con nuestra mente, podemos “ver” con nuestro corazón. Los ojos de la fe no están ciegos. Ellos ven profundamente en la vida. Por eso somos felices.

Sabemos bien poquito de Tomás, y lo sabemos por los evangelio. Invita a los otros a ir a morir con Jesús (Juan 11,16). Su pregunta lleva a Jesús a decir que él es el camino, la verdad y la vida (Juan 14,5ss), y por último su testimonio de fe: “Señor mío y Dios mío…” (Juan 20,24-30). San Jerónimo en el siglo VI recuerda el traslado del cuerpo de Tomás a Edesa (Siria, actualmente Turquía.)

El misterio de Cristo y la Iglesia están íntimamente unidos con Pablo. Cristo es nuestra paz: en él, todos, tantos lo lejanos, los paganos, como los cercanos, los judíos, encuentran el camino de la reconciliación y la unidad. Ya no hay dos pueblos, sino un solo, ya no hay separación entre gente diferente, sino unidad entre semejantes. Todo esto es don del Padre, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo.

Por eso Pablo imagina a la Iglesia como un gran edificio, un templo santo, “la morada de Dios.” En ese edificio, en el que viven todos “como ciudadanos dentro del pueblo de Dios”, como “familia de Dios…”, los cimientos son los apóstoles y profetas. Sin embargo, “la piedra angular es Cristo.” Él es la clave de la bóveda que consolida el conjunto, en él todo el edificio encuentra su trabazón y puede crecer de una manera ordenada.

En este pensamiento de Pablo, el papel y ministerio de los apóstoles tiene toda su importancia, la iglesia de Cristo es por lo tanto, una, santa católica y “apostólica…”, y lo es en el sentido de que, en ella, los apóstoles, por voluntad de Dios y por elección histórica de Jesús, constituyen el fundamento de la comunidad de los creyentes.

Se ha afirmado con razón, que para nuestra fe, tal vez haya sido más importante la incredulidad de Tomás que la creencia de los otros apóstoles. Si Tomás hubiera estado con los otros cuando se apareció Jesús, es posible que no hubiera sucumbido en una crisis de fe. Pero aquí Juan abre ante nosotros una nueva pista para llegar a la experiencia de liberadora de la fe en Jesús resucitado. En efecto, cuando Jesús se aparece a los discípulos por segunda vez, se dirige directamente a Tomás y le pide que realice el camino de búsqueda y de descubrimiento que los otros habían realizado. Esta vez, Tomás se vuelve disponible y dócil al mandamiento de Señor y llega a un acto de fe límpido y transparente, “Señor mío y Dios mío…” Jesús pronuncia la bienaventuranza que sigue (29) no tanto por Tomás sino por nosotros: la situación histórica cambia completamente, pero el camino es el mismo. Llegamos a la fe mediante “un acto de abandono” total en Jesús muerto y resucitado.

Hay un detalle que se nos pasa de largo en la historia, Tomás pasa de la incredulidad al éxtasis, éste es el camino de Tomás y, también, de esa parte de nosotros que todavía no se rinde a la resurrección y a lo invisible. Tomás quiere garantías porque ha comprendido algo: si Jesús está vivo, su vida cambia, y el Evangelio toma toda su vida.

Jesús no le hace ningún reproche, “acércate y comprueba…” porque él no es un fantasma. La fe no es una proyección de mis deseos, no es un fruto imaginario de mi corazón, no es el hijo de una ilusión. Cuando Tomás cree se abandona totalmente, no había en él ningún prejuicio o incertidumbre, quería cerciorarse del hecho histórico de la resurrección de Jesús, experimental, que está al alcance de todos. Ver para creer fue la exigencia de Tomás. Ver, tocar y palpar fue el camino que recorrió para reconocer la plena identidad entre el Señor resucitado y el Jesús de Nazaret que él había conocido. Creer sin ver, sin tocar, sin palpar, es la situación en que nosotros nos encontramos y es al mismo tiempo nuestra bienaventuranza.

Tomás no busca el camino para creer en ningún signo de poder, sino simplemente en las llagas: el agujero de las manos, el costado abierto, imá-genes embriagadoras del amor de Dios. Y con Tomás comienza la historia de los enamorados de las heridas de Cristo, como San Francisco de Asís o Santa Catalina de Siena o el Padre Pío.

ORA Y REFELXIONA: repite y medita durante el día estas palabras de fe: “Señor mío y Dios mío…”

ORACION
Señor Dios nuestro, que nos has bendecido con el don de la fe, por el cual te conocemos y creemos en ti, en la fiesta de Santo Tomás, tu apóstol, te damos gracias por este gran don. Y te pedimos que podamos ser testigos de tu amor por todos y por nosotros, manifestado en la muerte y resurrección de Cristo, tu Hijo. Amén

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