Me gusta dialogar, con mis amigos y con cualquiera, rasgo que heredé de mi madre, quien se hacia encontradiza con todo el que pasara por su camino para dialogar. Ella era de esas personas que gozaba de la conversación.
A todos los llamo “vecino”, porque eso somos en este mundo mientras caminamos por la vida al encuentro de la Vida, donde el diálogo y la convivencia serán eternos. “Conocer las Escrituras es conocer a Jesucristo”, decía San Jerónimo. Y el Concilio Vaticano II nos urge a leer asiduamente las Escrituras. La iglesia lo hace cada día, lee, medita, ora, predica y celebra las Escrituras vivas en la persona de Jesús y en la vida de sus miembros. Esto es lo que les ofrezco, las lecturas que la Iglesia usa cada día y una reflexión y cómo orar con ellas “para adquirir, como dice Pablo, el conocimiento de Jesucristo.” Los invito a caminar, como Jesús con los discípulos de Emaús, para que al final del camino “lo conozcamos al partir el pan".



miércoles, 18 de julio de 2007

HOMILIA Y ORACION

TIEMPO ORDINARIO

La simplicidad

Cuando yo crecía uno de los escritores de espiritual más leído era Michel Quoist. El escribió entre tantos libros uno, llamado Oración de la vida, ya hace como 50 años. Y allí escribió una meditación en el cual se imagina a Dios hablando así: “Yo quiero a todo niño en mi Reino, joven, paralítico, jorobado, de barba y pelo blanco, a toda clase de jóvenes, pero jóvenes…”

Ser niño es una marca de pertenecer al reino de Dios en todas las edades. Muchos critican a los ancianos por vivir una segunda juventud o niñez. Pero, si eso significa encontrar alegría en las cosas simples de la vida y mantener un sentido de admiración y confianza, no es algo malo, todo lo contrario. El lazo de unión entre abuelos y nietos siguiere que el anciano y el niño pueden vivir, como se dice, en la misma ola.

Jesús contrasta hoy la sofisticación de las poses de sabiduría con la simplicidad del niño. Lo llamados inteligentes lo rechazan; el que confía, como el niño, lo escucha. Y si nosotros podemos volver a confiar como lo hacen los niños, caminaríamos más cerca de Dios. Y si tropezamos y caemos, nuestro Padre se agachará para levantarnos.

Nos encontramos en la primera lectura de hoy con una de las llamadas más importantes del libro del Éxodo. Moisés se integra en la vida del sacerdote Jetró que le da a su hija Séfora como esposa, se adapta al nuevo estilo de vida, se hace pastor y siguiendo su rebaño, llega un día al monte Horeb, el monte del Señor (1) Y en aquella soledad Dios le saldrá al encuentro para una revelación trascendental que marcará no sólo su vida, sino también de una manera especial, la vida del pueblo, Israel, y la de la Iglesia de Cristo. En efecto, Dios lo envía a salvar a sus hermanos de la esclavitud, figura de la opresión de la humanidad, que será salvada y redimido por el enviado de Dios, Cristo Jesús.

Todo parte de una visión, la zarza que no se consume (2). Moisés atraído por el portento se acerca y oye la voz de Dios. Dios se muestra sensible al dolor, al clamor del sufrimiento y más aún cuando ese sufrimiento es de los pequeños y oprimidos. No ha habido ninguna oración que haya movido a Dios a intervenir, como simplemente “el clamor” de la aflicción de aquella gente oprimida lo que ha llegado a él como súplica (9) y Dios responde. De él procede la iniciativa: es Yavhé quien da el primer paso. Pero para actuar de modo concreto entre los hombres, quiere que unos hombres elegidos colaboren a su plan de redención: “Ve, pues; yo te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo…” (10)

El hombre ante una tarea tan grande y difícil siente miedo; se siente pequeño, incapaz, y presenta a Dios sus limitaciones (11) Pero Dios le tranquiliza: “Yo estaré contigo…” (12). La obra es de Dios, él la ha comenzado y él la llevará a cabo. La fe del hombre se entrelaza con la iniciativa divina. De este modo, llevará Dios a cabo, con la cooperación humana, su gran designio, la salvación de Israel.

El evangelio nos presenta una de las pocas ocasiones, donde vemos oraciones explícitas de Jesús, llamadas “bendiciones…” dirigidas éstas a Dios, como tantos salmos del Antiguo Testamento. El motivo de la oración: Dios ha revelado las cosas del Reino de Dios a los pequeños, antes que a los sabios del mundo. Jesús no bendice a Dios porque haber escondido estas cosas a los sabios, sino antes que nada porque “las ha dado a conocer a los sencillos…” (25) Esto ha complacido a Dios, y lo ve el amor filial de Jesús.

A continuación y fuera ya de la oración, Jesús hace esas afirmaciones impresionantes sobre sí mismo, dice, en primer lugar, que todo le ha sido entregado por el Padre (27) palabras que las veremos ratificadas y completadas por las solemnes palabras de Jesús en Mateo 28,18: “Dios me hado autoridad plena sobre el cielo y la tierra…” Jesús es consiente del gran poder que tenía, que era don del Padre. Luego afirma que “nadie conoce al Hijo sino el Padre…” (27) indicando de ese modo su realidad divina y mesiánica, cosas que escapaban a cualquier observación o deducción humana, privada de la luz de la revelación…

Y termina diciendo de manera semejante “que al Padre no lo conoce más que el Hijo y a aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar…” (27) Y aquí vemos una explicación clara de la imposibilidad en la que se encuentra el hombre de conocer verdaderamente a Dios como Padre. Y precisamente Jesús se presenta como la revelación del Padre: que el hombre pueda llegar al conocimiento del Padre depende enteramente de él, de Jesús.

Podemos unir los dos textos, donde vemos dos maravillosas revelaciones divinas: en el antiguo Testamento Dios se revela como Dios vivo, cercano, vecino, que escucha el grito del oprimido, que salva, porque ama a los hombres y a su pueblo. El Dios de la revelación que está del lado del pueblo, que no puede tolerar el sufrimiento injusto con que es oprimido. Se sirve de circunstancias históricas, se servirá hombres, incluso débiles y pobres.

En el Nuevo Testamento vemos que Jesús nos revela el mismo Dios del Antiguo Testamento, pero yendo más allá de lo que nos comunicó en la primera fase de la revelación. Para revelarlo Jesús usa el más bello de los nombres Padre. Padre eterno del Hijo unigénito, y por la venida de Jesús los hombres se convertien en hijos suyos, en herederos de la misma gloria. Es “Padre” no en sentido alegórico, tampoco en un sentido moral (como para indicarnos su bondad o providencia) sino de una manera real, “Padre” en sentido propio, porque nos ha comunicado su misma vida divina y nos ha hecho herederos de su misma gloria.

ORA Y REFLEXIONA: repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo…” (Salmo 41,3)



ORACION Señor, Jesús, que das la bienvenida a los niños como signos de tu Reino. Te pedimos una confianza de niños, marcada por un sandio de admiración y simplicidad del corazón, que comienza y se encuentra sólo en ti. Amén

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