Las lecturas de hoy nos hablan con claridad de la misión de la Iglesia como misionera en el mundo. Las lecturas afirman específicamente que la misión de la Iglesia es predicar el Reino de Dios. Nos hablan de predicar la esperanza, el consuelo y la paz y el Evangelio nos hace ver de la urgencia de la Iglesia en cumplir con esa tarea.
Lucas habla de otros 72 discípulos. Doce es un número que nos habla de que algo es completo. Había doce tribus de Israel. Los apóstoles son doce y fue muy importante que después de la muerte de Judas al dejar el grupo en once se debió elegir uno para completar el número de doce.
Doce eran los apóstoles y el Señor nombra a otros 72. Tenemos que notar que 72 es un múltiplo de 12, es solamente seis veces doce. Contando los apóstoles entonces tenemos 84 misioneros que es siete veces doce. Siete es el número perfecto.
Aunque estos detalles no son extremadamente importantes, el número nos dice que Jesús, a través de Lucas, nos está diciendo cuán importante es predicar la Palabra que es el Reino de Dios. Mientras que la homilía en el contexto de los sacramento es un carisma del ministro ordenado, el Evangelio de hoy nos dice que todos los seguidores de Cristo tienen una misión de evangelización. Es lo más importante que nos pide Cristo, y no solo nos lo pide, lo exige.
El mensaje a predicar es claro, es “la paz.” Con esto no es que queramos decir cuando el mundo no tiene guerras. La paz no es la ausencia de cosas negativas o malas. La paz del Reino es lo que dice Isaías, la paz que corre como un río, el ser cuidados como niños en los brazos de sus madres; la paz es la seguridad que nos trajo Cristo de que Dios nos ama y que esto no es cuestión de que seamos dignos o no.
Pablo habla de las dificultades que tiene que enfrentar en su predicación, pero él conoció la paz que predicaba. El se enorgullece en Cristo Jesús y en el haberse identificado con la cruz de Cristo a través de sus sufrimientos mientras trataba de evangelizar, él encontró perseverancia, fortaleza entusias-mo que le ayudó a perseverar en la predicación.
Tenemos que sentirnos suficientemente en paz con nuestra humanidad para apreciar la increíble palabra de esperanza que el profeta Isaías les trasmitió a los exilados en Babilonia. El pueblo estaba entristecido por la suerte de Jerusalén y el haberla perdido. Lo grande de Isaías es que lo que realmente entristecía a los exilados se ha vuelo ahora su esperanza y consuelo.
Jesús, por quien lloramos en el Viernes Santo es nuestro consuelo. Por eso es importante la metáfora que usa Isaías “alégrense… para que se alimenten de sus pechos y se deleiten con la abundancia de su gloria…” Es la metáfora de la madre que pone las necesidades de sus hijos sobre todos y sobre todo. Nosotros somos hoy, “los otros” los 72 llamados a a predicar una sola palabra: Paz. A San Francisco de Asís cuando el Papa le prohibió predicar, fue por todo el mundo diciendo a todos: “Paz y bien,” que es lo que Jesús les pide a los discípulos hoy y nos pide a nosotros, que donde vayamos y a quien encontremos le deseemos la paz y el bien. Ambos son los dones del Reino de Dios, la seguridad del consuelo que habla Isaías hoy, y la seguridad que Jesús nos enseñó de que Dios nos ama y no es porque seamos dignos o indignos, sino porque él nos ama.

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