Para apreciar el evangelio de Marta y María debemos recordar el domingo pasado, donde el maestro queriendo ponerle una trampa a Jesús, le preguntó sobre cuál era el mandamiento más importante. Se fijaron que el domingo pasado el evangelio comenzó diciendo” Un cierto hombre, un maestro de la ley… y hoy comenzó diciendo “una cierta mujer… Marta… lo recibió en su casa…” EL samaritano es el ejemplo de cómo el discípulo debe ver y actuar. María es el ejemplo de cómo el discípulo debe escuchar. Ambos eran personas que no contaban en la sociedad de su tiempo. Pero ambos hicieron lo que no se esperaba de ellos. Como mujer de María se esperaba que como Marta prepara la hospitalidad para el invitado. Aquí de nuevo Jesús rompe los códigos sociales y las convenciones sociales de su tiempo. Como el samaritano no era un modelo de vecino, la mujer no se sentaba con los hombres a los pies de una maestro.
Ambas historias nos dicen como un discípulo tiene que ser fiel al doble mandamiento, amar a Dios (María) y al prójimo, el samaritano. Y esto es esencial en la vida del Reino de Jesús. Usando los dos ejemplos del samaritano y la mujer Jesús está diciendo mucho más. Los convenciones eran estricta en tiempo de Jesús. Pero el amor a Dios con todo el corazón y el prójimo exige romper costumbres y convenciones. El reino de Dios es una sociedad sin distinciones sociales y sin límites. Es una sociedad que requiere tiempos para ver y hacer y tiempos para escuchar y aprender a los pies del Maestro.
En nuestras familias y hogares hay límites. Algunos son geográficos; cada uno tiene su propia habitación y se espera que los otros estén fuera, porque es privada. Los padres pueden tener su oficina o su lugar en la casa donde los niños están excluidos de entrar. Y algunos límites son de conducta; los niños pueden hablar de distinta manera a sus compañeros que a sus padres y personas mayores. El llegar a cierta hora a casa es un tipo de límite, cuyo fin es proteger a los niños.
Es bueno hablar de estos límites en nuestras familias. Y por supuesto que gran parte de estos límites son buenos para todos. Pero también podemos imponer límites por razones equivocadas. Por ejemplo, si me enojo con mi hermano, estoy imponiendo un límite equivocado, si no saludo a alguien y no hablo con la personas, las estoy excluyendo del círculo de mi amor. Cuando usamos límites para excluir a otros, herimos. En el tiempo de Jesús había límites que excluían injustamente a las personas. Un ejemplo lo tuvimos la semana pasada con el samaritano. Otro ejemplo lo tenemos hoy, con las mujeres. También excluimos a muchos de nuestras comunidades, los lla-mamos terroristas, indocumentados e ilegales; los consideramos como un peligro para nuestra sociedad. Otra manera de crear límites es como vemos el lugar de las mujeres en nuestra sociedad y en la iglesia. Sabemos que muchas cosas han cambiado en ese aspecto, pero muchos se sienten resentidos por el rol de la mujer en la iglesia y la sociedad. En el evangelio de hoy, Jesús rompe las barreras, los límites que impedían a las mujeres ser discípulos.
Una buena práctica es leer este evangelio en voz alta y leerlo en familia. Y reflexionar cómo Marta estaba condicionada por las barreras de la sociedad de su tiempo, pero cómo María su hermana rompe esas barreras y se vuelve un discípulo de Jesús. Oremos y reflexionemos cómo nosotros podemos borrar esas barreras que separan a las personas. Reflexionemos cuando rezamos el Padrenuestro, en que todos somos hijos del Padre, y hay barreras que nos puedan separar. ¿Creamos nosotros barreras en la comunidad cristiana? Yo escucho a gente decir “que han vivido tantos años aquí” como si eso les diera especiales derechos. Terminen rezando el Padrenuestro.
Ahora y tal vez más que nunca, necesitamos darnos un tiempo y un espacio en el que podamos reflexionar y orar. Esta “es la mejor parte” que eligió María. Darnos tiempo para la contemplación y la reflexión no quiere decir abandonar las cosas prácticas de cada día. No, pero quiere decir, darnos tiempo y oportunidad para poner toda nuestra vida a los ojos de Dios, es decir, en nuestras relaciones con Dios y los demás. Tenemos que ser Marta y María al mismo tiempo. En medio de nuestras muchas responsabilidades que la vida nos impone cada día, necesitamos tiempo y espacio para sentados al lado de María a los pies del Maestro y renovarnos intelectual y espiritualmente.
Hagan la práctica, porque ustedes me respondieron: "Gloria a ti, Señor Jesús…” cuando yo dije “Evangelio del Señor…” y lo que querían ustedes decir era: “él es el único Señor de mi vida…”
Se pueden (me puedo) preguntarnos hoy:
1. ¿Con quién nos identificamos, Marta o María?
2. ¿Qué desafíos nos hace a la Iglesia y a la sociedad al incluir a María en su enseñanza?
3. Marta es la activista y María la contemplativa. ¿Qué forma toma la contemplación en nuestra vida? ¿Dedica usted un tiempo regular para la lectura, el meditar y orar.

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