¿Qué transformará nuestro mundo?
La muerte de un líder con frecuencia trae consigo la lucha por el poder. Donde hay facciones, un período de conflictos se puede esperar. Luego de la muerte de Mao Tse-tung, los más moderados de la cumbre china enjuiciaron a su esposa y a sus asociados. Ellos habían sido los que estaban al frente de la violenta Revolución Cultural. Temidos por todos, son purgados inmediata-mente. A la muerte de Stalin sucede lo mismo. Beria el líder ambicioso y odiado por todos y la cabeza de la policía secreta fue ejecutado. La lucha por el poder detrás del liderazgo colectivo llevó al poder a Khrushchev.
No hay un lucha parecida en la primera lectura de hoy. Hay todo un pacífico cambio de liderazgo. Moisés no es un dictador. Su vida llega al final y es tiem-po de elegir a su sucesor. Josué ejercerá un liderazgo diferente, el requerido por el pueblo para enfrentar a los poderosos enemigos en Canaán. No hay pelea por la elección, no hay partidos ni facciones en Israel. Después de cua-renta años en el desierto, se han transformado en un pueblo unido que venera a Moisés.
La escena del evangelio es diferente a la del pueblo del desierto que se prepara para la conquista. El Hijo de Dios está bien lejos de cualquier lucha por poder, sea en lo religioso o en lo político. Hoy nos pide que vivamos en la humildad como los niños, confiando en el amor de un Padre compasivo. El mundo no necesita ser transformado por la conquista o el poder. Solo el amor humilde de los creyentes va a alcanzar esa transformación.
En la primera lectura nos encontramos en los últimos momentos de la vida de Moisés. En la línea teologal (cómo Dios lee la historia, nuestra historia) Moisés habla de su vejez y de su muerte inminente. La tierra prometida está cerca, al otro lado del Jordán, pero él sabe que no pasará el límite, Dios le ha dicho “No pasarás el Jordán…” (2) Sin embargo Dios estará siempre con el pueblo, le abrirá el camino y procurará la victoria. Aún en ausencia de su líder al pueblo le acompañará siempre una certeza: Dios estará presente. Yavé es aquel que está cerca, que va delante y acompaña al pueblo, precisamente como lo ha hecho hasta este momento.
Josué es elegido también por Dios para conducir al pueblo a la tierra prometida y será el heredero de Moisés. Pasan los mediadores humanos, pero Dios permanece. Esta certeza que ha acompañado a Moisés toda su vida da seguridad a Josué. Dios sigue siendo el protagonista de su historia que lleva adelante entre las contradicciones de hombres y su probada fidelidad. Moisés garantiza a Josué esta presencia al imponerle las manos, signo de transmisión de poderes, junto con el don del espíritu de sabiduría (34,9) Dios es siempre el que camina delante, está siempre presente, junto al pue--blo y a su cabeza. Será fiel. Es una garantía que abre un futuro de esperanza.
En el evangelio nos encontramos con dos temas de catequesis. El el primero, Jesús responde de una manera clara e inesperada a la pregunta, un poco fuera de lugar, de los discípulos. Quieren saber quién es el más grande en el reino que el Maestro ha anunciado como próximo e incluso ya presente.
En la respuesta Jesús acompaña su Palabra con un gesto profético: pone un niño en el centro. El niño es el tipo del menesteroso, del sin malicia, y lo pone como ejemplo de acogida al Reino de los cielos; la acogida se produce por el don y no por méritos, lo cual significa volver a ser pobre, para dejarse formar por la novedad del Reino que Jesús proclama. Volver a ser niño es convertirse al Señor. A esta figura del niño en Mateo, Pablo habla del nuevo nacimiento y en Juan son los hijos nacidos de Dios. Hay toda una línea de armonía entre los evangelio y Pablo.
Pero en la visión del niño en Jesús hay una doble enseñanza que tiene que ver con el niño mismo como figura de todo pobre-menesteroso-frágil al que debemos brindar nuestra acogida.. Hasta tal punto que quien acoge a un niño acoge al mismo Jesús, que se identifica con el niño. Viene el aviso a no despreciar a los que se hacen como niños. Dios se ocupa de su defensa y los ángeles que los custodian se cuidan de ellos. Mateo presenta aquí la parábola de la oveja perdida. La mejor versión de la parábola la encontramos en Lucas. Pero aquí en Mateo es una enseñanza añadida. Mateo habla de “si la llega a encontrar…” Lucas dice “que la encuentra y la lleva sobre sus hombros y comunica la noticia a sus amigos pastores…” La bienaventuranza del Reino pertenece a los últimos, a quienes buscan a Dios con todo el corazón, porque Dios como el pastor no quiere que se le pierdan las ovejas. Jesús el buen pastor es una esperanza para todos.
Hay un tema que une las dos lecturas y es el tema de la presencia, que ya viene desde el libro del Éxodo. Yavé significa “el Dios presente…” aquel que precede, sigue y acompaña, es siempre un Dios cercano. Moisés exclama: “Y en efecto ¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella como lo está el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos…” (Deuteronomio 4,7). Esa es la certeza que tiene el pueblo de Israel al entrar en la tierra prometida, la promesa de la presencia de Dios El Señor, cuando es destruido el templo por los babilonios, “migrará con el pueblo” al exilio. Y el culmen de la presencia de Dios lo tenemos en Jesús, el Verbo Encarnado, él es la tienda y el templo, es la presencia todavía más cercana, en nuestra carne, en nuestra compañía. Pero, algo que olvidamos, Jesús ha querido dejar su presencia en el hombre, en todo hombre, en los pequeños del Reino, que deben ser tratados y acogidos como el mismo Cristo. Quien acoge a un pequeño del Reino, a un niño, a un menesteroso, acoge a Jesús presente en él, porque lo que hagamos al más pequeño, a Jesús mismo se lo hacemos. (Mateo 25,40)
ORA Y REFELXIONA: repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: “Acoge el Reino de Dos en ti como un niño, acoge a cada niño como al mismo Cristo…”
ORACION
Dios y Padre nuestro, nos salvaste salvados por la humildad y la ausencia de poder de tu querido Hijo, líbranos de todo lo que pueda ser tener poder sobre los demás. Pon en nuestro corazón la confianza de niños en tu sabiduría y amor para que cuando nos transformes a la imagen de tu Hijo, podamos ver la llegada de tu Reino. Amén

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