El evangelio nos presenta hoy, dos grandes imágenes. Por una parte, está la imagen de la puerta estrecha, por la que hemos de esforzarnos por pasar, si queremos entrar; la otra es la imagen de la gran precesión que se forma desde todas las partes de la tierra hacia aquella ciudad bendita en la que tiene lugar el banquete de Dios. Con la primera Jesús no pretende responder a la pregunta “¿son pocos los que salvan.?” Lucas, al revés de Mateo, no pasa de la “puerta estrecha” a la “puerta ancha”; sino de la “puerta estrecha” a la “puerta cerrada., con lo que acentúa el carácter dramático de un desenlace que podría revelarse absolutamente negativo. Jesús afirma una vez más que seguirle por el camino del Evangelio es una cosas muy seria, algo que requiere una decisión y un esfuerzo constante.
La segunda imagen del gran cortejo al banquete del Reino de Dios se contrapone a las pretensiones de unos y a la sorpresa de muchos. Los judíos se jactaban de sus tradiciones, de su identidad nacional. Y para Jesús ya no existe ahora ninguna situación de vida que nos pueda poner por encima de otro. Dios mismo no hace acepción de personas. Ni siquiera tiene importancia el conocimiento personal de Jesús terreno; lo único que vale es seguirle con todo esfuerzo, con plena libertad y con disponibilidad total. Todos pueden participar en el banquete aunque no tengan vínculos de sangre con Abrahán, porque han heredado el don de la fe.
Esta liturgia de la Palabra nos pone ante dos verdades ambas relacionadas con Dios y su proyecto de salvación Debemos poner nuestra atención sobre ellas, a fin de hacer crecer en nosotros la convicción del gran don y del gran compromiso que van unidos a nuestra fe.
El amor de Dios es un amor exigente: ¡es un amor de Dios! Ahora bien, es evidente que tal exigencia está dictada sólo por el amor. No puede ser signo de una voluntad de tirano que no deja espacio para la libertad de los otros. También nosotros conocemos las exigencias del amor: que no son menos fuertes que las exigencias de la autoridad. Las exigencias del amor de Dios son un signo manifestador de su amor absoluto e incondicional, El amor de Dios es un amor universal: no puede ser limitado por nada, se mueve libremente sobre todos los tiempos y lugares, a fin de alcanzar a toda la humanidad. A dife-rencia del nuestro, no disminuye cuando es participado; es más cuando se comunica se realiza en plenitud.
Para el creyente, Dios está en el centro de todo su pensamiento y de todos sus proyectos; en caso contrario, ya no se podría hablar de fe. Tener a Dios como centro de nuestra propia vida significa, en concreto, no olvidarle nunca, y no sustituirle nunca con cualquier topo de ídolo.
A diferencia de los domingos anteriores que han señalado las actitudes que los discípulos pueden tener ante el plan de Dios, entrega, perseverancia, espe-ranza, ahora la Palabra nos instruye sobre la actitud propia de Dios para con la humanidad toda: su deseo que todos hallen la gracia de la salvación. De esta manera Dios se muestra como el que reúne, salva a todas las naciones y no sólo a Israel, nos dice Isaías. Su rostro es universalmente misericordioso, se revela en Jesús, quien abre a todos la mesa del banquete del reino, dice Lucas. En la Carta a los Hebreos, continúa desarrollando el tema de la perseverancia y paciencia, de una actitud que también se nos pide a todos, pues en su designio amoroso, Dios quiere que todos se salven y lleguen “a ser suyos en la obediencia…”
Dios tiene también un proyecto para los todos pueblos. Cuando el pueblo de Israel, luego del exilio se cierra sobre sí mismo, Isaías los desconcierta: “Dios está abierto a toda la humanidad.” Ahora es también pastor de todos los pueblos. Y Jesús va a decir “que vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur…’ En su Reino futuro todo hombre tiene su lugar.
Se nos ofrece la oportunidad de areflexionar sobre nuestra abertura hacia todos. ¿Estamos abiertos a que todos vengan al banquete del Reino, de la familia de los Hijos de Dios? ¿Podemos reconocer que aún se pueden acercar muchos a Cristo? ¿O hemos cerrado la puerta a muchos y hemos echado cuentas sobre los que pueden o no salvarse?
¿En base a qué nos tenemos como dignos herederos de la mesa de Dios: nuestro mucho hacer o nuestro mucho amar? ¿No tenemos la tendencia a cerrar la puerta a quien no sea de nuestra historia, cultura o ideas?
En fin se nos invita a testimoniar nuestra fe en Cristo, en todas las formas en que el Reino se manifiesta en el mundo, para llevar a todos a la plena comunión con Cristo en su Iglesia: la búsqueda del bien, de la verdad, de la justicia, de la reconciliación y la paz.
Tal vez sea un tiempo de meditar y reflexionar sobre este amor. En la fuerza de ese amor, que puede mover montañas, pero también enternecer nuestro corazón. Lo necesitamos.
En la grandeza de este amor, es capaz de abrazar a todos sus fieles y también a todos los habitantes de la tierra.
Podemos intuir su profundidad, es cierto esconde misterios, pero nos revela verdades consoladoras.
Debemos experimentar la dulzura-ternura, capaz de disipar nuestras amarguras y hacernos saborear esa alegría que no acabará nuca, que será eterna.
Ese amor que baja de Dios se transforme en amor que sube a Dios y hace volver al hombre, tú y yo, a Dios. San Agustín decía: “Ninguna cosa se conoce perfectamente si no se ama perfectamente.”
ORA Y REFELXIONA: repite hoy con frecuencia y vive la Palabra: “Esfuércense por entrar por la puerta angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán.” (Lucas 13,25)
ORACION
Señor y verdad infinita desde siempre y para siempre, haz que nunca sea tarde en mi vida para conocerte. Amén

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