¿Quiénes somos?
Una actriz inglesa, Bárbara Windsor, es pequeña de estatura pero una gran actriz. Un día fue invitada por la televisión, en el programa “quién piensas que tú eres” a investigar sobre sus antepasados. Descubrió que sus antepasados había nacido en un barrio pobre de Londres, dos de antepasados acabaron en un asilo. Y esto le llenó los ojos de lágrimas. Descubrió a su vez que ella era descendiente de un gran pintor, John Constable, que era persona de mucho dinero. Y al reflexionar sobre esto ella dijo: “Me siento feliz de venir de la parte pobre de la familia, sino, no sería lo que soy.”
Alegrarnos en quienes somos esto supone un tremendo sentido de valor sobre nosotros mismos. Rico o pobre, grande o pequeño, eso no es lo importante. Pero tener un sentido de uno mismo, de que somos dignos de algo, que estamos viviendo sabiamente, de que tenemos orgullo de nuestra historia, esto es realmente precioso. Por eso es importante la pregunta de Pedro: “¿Qué nos va a tocar? Al fin de cuenta lo hemos dejado todo por ti”. El necesita saber que su decisión de seguirlo a Jesús, no fue una pérdida de tiempo y no fue un error.
Jesús le responde y le hace un promesa de un título “juez” del pueblo de Dios. Como el antiguo Gedeón, él será un gran líder. Y al responder esto a Pedro, Jesús nos promete a nosotros y a sus seguidores que el premio será el ciento por uno. Tenemos todas las razones del mundo de alegrarnos en quienes somos.
El texto del libro de los Jueces comienza: “Los israelitas ofendieron al Señor con su conducta y el Señor los entregó a Madián durante siete años.” (6,1) El texto que leemos hoy de Gedeón saca de nuevo a la luz la lectura que Dios hace de la historia de Israel y pone los criterios de esa lectura de la historia: pecado, castigo, invocación-salvación, a lo que sigue un período de paz. El pecado es la infidelidad a la alianza: no escuchan la voz del Señor y adoran a los dioses amorreos (7) El pecado está tan difundido que hasta reina en la casa de Joas, el padre de Gedeón, que había construido un altar a Baal y plantado un árbol sagrado (25) Las incursiones de los madianitas son leídas como castigo de Dios.. Son cada vez más duras, los israelitas tienen que esconderse en cuevas y refugios en los montes (2) esconden sus cosechas. En este ambiente de degradación moral y religiosa había crecido Gedeón, pero vibra a las palabras del profeta enviado por Dios para despertar a su pueblo (7-10) Y grita invocando la salvación.
El encuentro de Gedeón con el ángel del Señor tiene lugar en este contexto de dolor y esperanza. Dios muestra una relación de amor con su pueblo y de confianza, como educador, respetuoso de la persona que ha elegido para la misión de juez. Invita a Gedeón a destruir el altar levantado por su padre y cortar el árbol sagrado y construir un nuevo altar con la leña del árbol sagra-do. El temor queda vencido con la certeza de la presencia de Dios, “Yo te envío…”, “Yo estaré contigo…” que muestra la relación de Dios con Gedeón: el sacrifico ofrecido, el fuego que devora la carne y los panes sin levaduras, el altar son testigos del encuentro con el ángel del Señor, los signos del vellón de lana y del rocío, la prueba en el poder de Dios, que le pedía que hiciera frente al poder de los madianitas con trescientos hombres. Los israelitas dirigidos por Gedeón derrotan a los madianitas, pero, después de su muerte “volvieron a dar culto a los ídolos y eligieron como dios a Baal Berit…” (8,33)
El encuentro de Jesús con el joven rico y su desenlace reavivan la pregunta ¿puede entrar un rico en el Reino de los cielos? Esto se vuelve un “más allá” un imposible para la mente humana, revelador del poder de Dios Las riquezas son un obstáculo para entrar en el Reino de los cielos cuando se vuelven “amo” del hombre. Pero el obstáculo es la idolatría; al dios-dinero se le puede llegar a rendir “culto”, con sacrificios humanos: el prójimo. Recuerden el juicio final (Mateo 25,31-45) Los discípulos quedan asombrados. ¿Quién puede salvarse si se ponen en relación la debilidad humana, en la que aparece el apego a la riqueza, con las exigencias propias del Reino?
La salvación es un don amoroso de Dios, ningún pobre o rico puede salvarse por sí mismo. El compromiso personal, incluido, “el dejarlo todo”, no es ni el precio ni el premio de la salvación, sino expresión de que hemos acogido el don de la salvación. La política de la recompensa no entra en el Reino de Dios, todo es don. Pero otra es la mentalidad de los discípulos: “lo hemos dejado todo ¿Qué nos espera?” ¿Cuál será nuestra recompensa? Jesús los lleva a entender: el don de la salvación es la participación en la gloria del Hijo del Hombre. Ya tienen el ciento por uno, porque han dejado “todo por su causa” para ser sus discípulos. Por eso Cristo es el único y verdadero tesoro, el don del Padre.
Podemos unir los dos textos, el de los Jueces y Mateo. Nada es imposible para Dios (Mateo 19,26; Génesis 18,14; Jeremías 32,17). Ni siquiera el mal que hizo el pueblo (Jueces 6,1) pudo detener su amor ni debilitar su paciente acción, de padre que cuida de sus hijos (Oseas 11,1-7) La elección de Gedeón, como los otros jueces, es expresión de ese amor respetuoso con la libertad. Transforma el sufrimiento, resultado del pecado, en llamada a la comunión, para conquistar nuestra propia dignidad, y que para que al mismo tiempo llenos del Espíritu seamos guías, salvadores de los enemigos y obreros de la paz.
Dios libró a Gedeón de la idolatría de su padre y Dios lo prepara para ser el salvador de su pueblo.
Jesús educa a sus discípulos a mirar en lo profundo del corazón y descubrir las perspectivas del futuro. Jesús ve a los suyos a la luz del plan del Padre sobre ellos. Por eso cantamos antes del Evangelio: “Dichosos los pobres de Espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos.” Este es el camino del discípulo, del “corazón nuevo” que conoce, cree y ama.
ORA Y REFELXIONA: repite hoy con frecuencia y vive la Palabra: “Dichosos los pobres de Espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos.” (Mateo 5,3)
ORACION
Padre, te damos gracias por la vida en Cristo que nos ha dado. Nos has llamado a ser discípulos de tu Hijo en tu Iglesia, que nos alegremos cada día en seguirlo y actuar como sus fieles seguidores. Por Cristo, el Señor. Amén

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